19/09/2025
Hace 25 años, a Eduardo Monzón le dieron un pronóstico duro: pocos meses de vida sin operación, y apenas unos años con una cirugía casi imposible de costear.
Lejos de los grandes centros médicos, con turnos inalcanzables y la necesidad de vender la casa que tanto le había costado construir, parecía una batalla perdida.
Pero eligió luchar.
Eligió lo imposible: se vendió la casa, se consiguió el dinero, aparecieron médicos y donantes de sangre que nadie creía posibles.
Y con la fuerza de sus hijos y el amor por su familia, se aferró a la vida.
En la operación, su corazón estuvo más de una hora y cuarto sin latir. El médico —testarudo y convencido— no se rindió. Cuando ya no quedaban esperanzas, ese corazón volvió a latir.
Y con él, volvió la vida.
Eduardo tuvo una segunda oportunidad.
Disfrutó de sus nietos, de los asados, de los abrazos, de cada encuentro simple.
Años después, cuando le preguntaron si valía la pena haber dejado atrás aquella casa que tanto había significado, guardó silencio, miró al suelo, levantó la vista y dijo con fuerza ensayando un grito: (como si quiera que los vecinos lo escucharan)
“¡La pucha que vale la pena estar vivo!”