05/06/2026
Recuerdo con claridad los tiempos en que serví en el Ejército. Hay memorias que no se borran, aunque pasen los años. Se quedan guardadas en algún lugar del alma, esperando el momento de salir, especialmente cuando uno vuelve a ver al país parado frente a decisiones que pueden cambiar su destino.
Durante el periodo de entrenamiento nos hacían ver videos de la guerrilla. Eran imágenes duras, crudas, casi imposibles de olvidar. Nos mostraban tomas a pueblos, ataques a bases militares, emboscadas en lugares apartados de Colombia; esos lugares escondidos entre montañas, selvas y caminos de barro a donde muchos de nosotros fuimos enviados. Lugares de los que algunos regresaron cambiados para siempre. Y otros, simplemente, no regresaron.
Aquellos videos no eran teoría militar. No eran historia contada desde un escritorio. Eran una advertencia. Mostraban la brutalidad de una guerra que muchos en las ciudades solo conocían por noticias, cifras o discursos políticos. Pero nosotros la veíamos de frente. Veíamos soldados capturados, torturados, humillados, asesinados con una crueldad que todavía cuesta poner en palabras. Veíamos cómo los grababan, cómo se reían, cómo convertían el sufrimiento humano en trofeo de guerra.
Recuerdo especialmente un día en que un cabo nos dio una recomendación que jamás he podido olvidar. Nos dijo que guardáramos un cartucho en la guerrera, como le llamábamos a la camisa del uniforme. Ese cartucho, nos dijo, debía tener una sola función: no permitir que nos capturaran vivos. En otras palabras, era preferible morir por nuestra propia mano antes que caer en manos de quienes podían ofrecernos un tormento inimaginable.
Esa frase me marcó.
No porque uno quisiera morir. Al contrario. Éramos jóvenes. Teníamos sueños, familias, madres, hermanos, novias, hijos tal vez. Queríamos vivir. Pero la guerra tiene esa forma cruel de obligar a un ser humano a pensar en cosas que nadie debería pensar jamás. La guerra arranca la inocencia, quiebra la juventud y convierte el miedo en una rutina.
Con el tiempo entendí que la guerra no solo mata cuerpos. También deja heridas invisibles. Hay recuerdos que siguen respirando dentro de uno. Hay sonidos, imágenes y frases que vuelven cuando el país se agita, cuando los discursos se llenan de odio, cuando algunos hablan de violencia como si fuera una solución, como si no supieran el precio real que se paga.
Por eso, en estos tiempos en que Colombia vuelve a enfrentarse a decisiones profundas, no puedo mirar la política como una simple pelea entre izquierda y derecha. Para muchos, la guerra es un discurso. Para otros, una bandera. Para algunos, incluso, una herramienta de poder. Pero para quienes la vivimos de cerca, la guerra tiene otro significado. Tiene olor a monte, a sudor, a miedo, a pólvora. Tiene nombres propios. Tiene madres esperando noticias. Tiene familias incompletas. Tiene jóvenes que se fueron con un fusil al hombro y nunca volvieron a sentarse en la mesa de su casa.
La guerra la planean unos pocos, la justifican otros, la financian algunos, la celebran los fanáticos… pero la terminan peleando los hijos del pueblo.
Los pobres. Los campesinos. Los soldados rasos. Los muchachos que apenas estaban empezando a vivir. Los que nacieron en barrios donde la única salida parecía ser ponerse un uniforme, trabajar duro o sobrevivir como se pudiera.
Por eso me duele cuando veo a Colombia olvidar. Me duele cuando veo personas defendiendo ideologías por encima de la vida. Me duele cuando algunos romantizan grupos armados, minimizan el dolor de las víctimas o hablan de la guerra como si hubiera sido una simple consecuencia política. No. La guerra fue dolor. Fue sangre. Fue miedo. Fue una generación entera marcada por decisiones que muchas veces tomaron personas que jamás caminaron una trocha con el temor de no volver.
Yo no escribo esto desde el odio. Lo escribo desde la memoria.
Porque recordar no es vivir atrapado en el pasado. Recordar es impedir que el país repita los mismos errores. Recordar es honrar a quienes no regresaron. Recordar es decirle a las nuevas generaciones que ninguna ideología vale más que la vida de un ser humano.
Colombia necesita paz, sí. Pero una paz con memoria. Una paz sin ingenuidad. Una paz que no niegue la verdad, que no humille a las víctimas y que no premie la crueldad. Una paz que no obligue al país a olvidar para poder avanzar.
Y por eso hoy, más que nunca, creo que Colombia necesita equilibrio. Necesita líderes que no jueguen con el dolor de la gente. Necesita ciudadanos que no se dejen arrastrar por fanatismos. Necesita memoria para no volver a caer en la misma oscuridad.
Porque la guerra la hacen ellos, desde sus discursos, sus intereses y sus ambiciones.
Pero la peleamos nosotros.