23/06/2026
Según Platón, en La República, el gobernante ideal no debía ser simplemente aquel que ganaba popularidad, sino aquel que tenía sabiduría, dominio propio, justicia y capacidad de gobernar pensando en el bien común. Platón desconfiaba de una sociedad donde el poder fuera entregado solo por emoción, rabia, interés o manipulación, porque para él una ciudad mal educada podía terminar eligiendo líderes que reflejaran sus propios desórdenes. Su idea del “rey filósofo” apuntaba a que quien gobierna debe tener virtud, razón y amor por la verdad, no solamente ambición política.
Gobernar para todos: una reflexión sobre democracia, madurez y responsabilidad ciudadana
Platón, uno de los grandes pensadores de la historia, sostenía que gobernar no debía ser un acto de ambición, sino una responsabilidad moral. Para él, quien ocupa un cargo público no debería buscar el poder por orgullo, fama o conveniencia, sino por sentido de justicia, sabiduría y servicio. En su visión, el verdadero gobernante debía ser una persona capaz de dominar sus pasiones, pensar en el bien común y entender que una sociedad no se dirige desde el odio, sino desde la razón.
Esta reflexión sigue siendo profundamente actual. En Colombia, como en muchos países democráticos, cada elección presidencial deja una parte de la sociedad satisfecha y otra parte inconforme. Eso es normal dentro de una democracia. Lo que no debería ser normal es convertir una derrota electoral en odio, insultos, división familiar, ataques personales o destrucción emocional de la convivencia social.
Cuando una persona es elegida para ocupar la Presidencia, no se convierte únicamente en el gobernante de quienes votaron por ella. Se convierte en el gobernante de todos: de quienes celebran, de quienes dudan, de quienes perdieron, de quienes no votaron y también de quienes sienten miedo o inconformidad. Esa es una de las pruebas más difíciles de la democracia: aceptar que el resultado no siempre será el que uno desea, pero que la madurez ciudadana exige reconocer la realidad sin destruirnos entre nosotros.
Saber aceptar una derrota es fundamental. No solamente por respeto al sistema, sino también por salud mental y social. Una sociedad que no sabe perder queda atrapada en la frustración. Una sociedad que no sabe ganar cae fácilmente en la soberbia. Y una sociedad que convierte la política en odio termina rompiendo sus lazos más importantes: la familia, la amistad, el diálogo, la confianza y la posibilidad de construir algo en común.
Nuestro problema como sociedad no es únicamente quién gobierna. Nuestro problema más profundo es que muchas veces no entendemos el sistema en el que vivimos. Esperamos que un presidente cambie un país entero en cuatro años, como si una sola persona pudiera corregir décadas de corrupción, violencia, irrespeto, desigualdad, falta de educación ciudadana y ausencia de conciencia colectiva. Gobernar un país es una tarea titánica, pero cambiar una sociedad desde la raíz es una tarea que no puede depender solamente del Estado. También depende de cada ciudadano.
Si queremos cambiar un país, debemos empezar por nosotros mismos. No podemos exigir honestidad mientras justificamos pequeñas trampas. No podemos pedir respeto mientras insultamos al que piensa diferente. No podemos pedir paz mientras alimentamos odio en redes sociales. No podemos pedir justicia mientras celebramos la humillación del otro. No podemos pedir mejores gobernantes si como ciudadanos no estamos dispuestos a ser mejores personas.
Hay países que han buscado cambios profundos a través de métodos de fuerza y mano dura, como se ha visto en El Salvador, donde el gobierno decidió enfrentar con dureza a quienes destruían la seguridad y la tranquilidad de la sociedad. Para muchos, ese camino representa orden; para otros, genera preguntas sobre los límites del poder. Pero más allá de la posición que cada persona tenga, hay una enseñanza incómoda: cuando una sociedad se deteriora demasiado, termina pidiendo medidas extremas para corregir lo que durante años no quiso corregir desde la educación, la cultura, la familia y la responsabilidad individual.
Si no queremos llegar a ese tipo de caminos, entonces debemos construir una ciudadanía mucho más consciente. Una ciudadanía intachable, humana, respetuosa, madura y capaz de entender que el otro no es un enemigo por pensar distinto. Debemos aprender a no dañar al otro, ni física ni mentalmente. Debemos dejar de normalizar la agresión, la burla, la amenaza y el odio como si fueran formas legítimas de participar en política.
Platón nos recordaría que el destino de una ciudad no depende solamente de sus gobernantes, sino también del alma de sus ciudadanos. Una sociedad desordenada produce gobiernos desordenados. Una sociedad dominada por la rabia produce líderes que usan la rabia. Una sociedad sin virtud termina entregando el poder a personas que reflejan esa misma falta de virtud.
Por eso, la pregunta no debería ser solamente: “¿Quién va a cambiar a Colombia?” La pregunta más profunda debería ser: “¿Qué estoy dispuesto a cambiar yo para que Colombia sea diferente?”
Porque si seguimos esperando que un presidente haga por nosotros lo que nosotros no estamos dispuestos a hacer como ciudadanos, dentro de cuatro años estaremos en el mismo lugar: divididos, frustrados, culpando al otro y esperando otro salvador político.
Un país no cambia únicamente cuando cambia su presidente. Un país cambia cuando cambia la conciencia de su pueblo.