03/01/2026
He estado pensando en volver a escribir, pero no había elegido el tema. Decidí empezar por una palabra que me marcó en 2025: gratitud.
Un día, meditando, observé algo: aunque yo decía “soy agradecida”, no estaba viviendo en gratitud del todo. Había una parte de mí que seguía negociando con el presente, como si reconocer lo bueno me obligara a bajar el no conformismo o a aceptar lo que no me gustaba. Ahí entendí una confusión muy común: creer que gratitud es conformismo.
Y cuando confundimos una con la otra, ocurre algo: por miedo a “conformarnos”, empezamos a vivir desde la escasez. Nos volvemos más exigentes que conscientes, más críticos que presentes. Nos enfocamos en lo que falta, en lo que no se ha logrado, en lo que aún no es… y sin darnos cuenta, actuamos en ingratitud.
La verdad es que gratitud y no conformismo pueden coexistir, y cuando lo hacen, se vuelven una unión poderosa.
La gratitud no es resignación. Es lucidez. Es elegir ver las bendiciones que tengo y lo que soy hoy. Es valorar lo que ya existe, lo que ya he construido, lo que ya recibo. Y también es aprender a mirar a los demás con ese mismo respeto.
El no conformismo, por su parte, no es queja disfrazada. Es dirección. Es identificar, con honestidad, lo que quiero transformar, lo que necesito mejorar, lo que deseo alcanzar. No para invalidar el presente, sino para crecer desde él.
La gratitud habita el presente.
El no conformismo diseña el futuro.
Cuando agradezco, dejo de pelear con lo que ya es. Cuando no me conformo, dejo de quedarme donde ya no debo estar. Y cuando sostengo ambas cosas a la vez, mi vida se ordena: avanzo con hambre, pero también con paz.