26/08/2026
Solo comparto
No hay palabras para justificar un acto de crueldad contra un ser indefenso.
Las autoridades en México de mal en peor.
Hoy se tomó una decisión judicial respecto al caso de los muchachos que degollaron a los gatitos: llevarán su proceso bajo arresto domiciliario y con pulsera electrónica.
No voy a cuestionar la decisión de un juez ni pretendo ocupar un lugar que no me corresponde. Pero sí quiero ir más allá de una resolución judicial y hablar de algo que, como sociedad y como madres y padres, deberíamos preguntarnos:
¿Cómo podemos justificar algo así cuando se trata de nuestros propios hijos?
No estoy diciendo que porque hoy hayan maltratado y matado a unos animales, mañana necesariamente serán asesinos. No se trata de adivinar el futuro ni de etiquetar a una persona para siempre. Pero tampoco podemos cerrar los ojos ante lo que hicieron. Hoy fueron seres indefensos. Hoy demostraron una capacidad de violencia que, como sociedad, no podemos normalizar.
Lo que les hicieron a esos gatitos fue aberrante. Y sinceramente, me cuesta entender cómo alguien puede ver un acto así y encontrar una manera de justificarlo.
Como madre, puedo imaginar el dolor de cualquier padre al enfrentar una situación así. Debe ser devastador aceptar que tu hijo hizo algo semejante. Pero aun con todo el amor del mundo, hay cosas que no justificaría.
Porque amar a un hijo no significa defender cada una de sus acciones. Amar también significa tener el valor de decir: “Lo que hiciste está mal y tendrás que responder por ello.” Significa no encubrir, no minimizar, no buscar excusas y, sobre todo, no enseñarles que el amor de sus padres será siempre un escudo para evitar las consecuencias.
Más allá de lo que decida un juez, están las decisiones que nosotros tomamos dentro de nuestra propia familia.
Yo, como madre, si algún día mi hijo fuera capaz de hacer algo así, aunque me rompiera el alma, sería la primera en exigir que respondiera por sus actos.
Porque antes que justificarlo, tendría que preguntarme en qué momento fallé en enseñarle que un ser indefenso también merece respeto, compasión y vida.
Y esto no se trata solamente de gatos. Se trata de los valores que estamos formando en nuestros hijos.
El amor de los padres puede ser infinito, pero nunca debería convertirse en complicidad.
Porque si hoy justificamos la crueldad simplemente porque quien la cometió es nuestro hijo, mañana no podremos preguntarnos por qué vivimos en una sociedad donde la violencia parece no tener límites.