Delgado - Hurtado & Asoc.

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¿Abogado o Leguleyo?Leía hace un par de días, una publicación de Twitter, en la que un renombrado abogado y catedrático ...
12/09/2023

¿Abogado o Leguleyo?

Leía hace un par de días, una publicación de Twitter, en la que un renombrado abogado y catedrático mexicano hacía referencias a un libro por él escrito, y donde, analizaba la mala fama que los abogados tenemos en todos nuestros países. Iniciaba su libro con frases o bromas jocosas que la población en general usa, para que, de cierta manera despectiva, referirse a los abogados y su función. Nicaragua, no es la excepción en cuanto a esto, puesto que, en mi querido país, a nosotros los profesionales del derecho, se nos llama " ladrones con licencia", " asaltantes jurídicos", o que, estamos " autorizados para robar", entre otras muchas frases utilizadas en este sentido.

Lo interesante, no es sentirse agraviado por tales afirmaciones o bromas de muy mal gusto, sino tratar de entender, por qué nuestra población se refiere de esa manera a nosotros los abogados, a quienes gustan de llamarnos "leguleyos", sabiendo claramente que estos, son personas que aplican el derecho sin rigor y desenfadadamente, según lo define así la Real Academia Española de la Lengua.

Esto trata de un problema que se arrastra por generaciones, y que, a mi juicio, tiene su raíz en la falta de rigurosidad académica con que algunas universidades, y que algunos estudiantes, llegan a coronar esta bella y loable carrera y profesión.

En mi caso personal, doy gracias haber estudiado en un momento y en una universidad, donde la rigurosidad académica era una preocupación de las autoridades, quienes se encargaron de brindarnos las mejores enseñanzas a través de insignes maestros y abogados litigantes, a quienes recuerdo, se les exigía como requisito mínimo, que tuvieran una experiencia básica de 5 años litigando en juicios en los juzgados de nuestro país, lo cual, les brindaba además de la teoría, la práctica necesaria para poder hablar con toda seguridad de un tema propio a una clase.

Luego, muchos años después, me tocó a mí mismo, ejercer la función de profesor en aulas universitarias, en dos distintas universidades: Una privada dirigida a segmentos de nivel económico medio al alto, y otra, también privada, pero dirigida a segmentos poblacionales de más bajos recursos. Lógicamente, la diferencia entre ambas universidades en cuanto al costo mensual, era y es aún, bastante grande. Pero esto en cuanto al costo impuesto a los estudiantes, porque, por lo que hace a los maestros y profesores, los pagos que se realizaban por horas clase impartidas eran iguales (ya que se valen de los profesores horarios a los cuales no se les paga un salario fijo, mucho menos prestaciones como el seguro social), o sea que, no existía diferencia para el docente, desde el punto de vista pecuniario, impartir clases en cualquiera de estas dos universidades, pues al final en cualquiera de ellas ganaba lo mismo.

Entonces viene al cabo a hacerse la pregunta, ¿por qué la calidad de los estudiantes era mejor en la universidad privada de más alto rango económico, versus los estudiantes de la universidad privada de menos ingresos? Lo raro es que, en una de las universidades hubiera una preocupación porque los docentes tuvieran cierta calidad académica, deontológica, y de práctica forense, mientras que en la otra, solo pretendían llenar un vacío y cumplir requisitos básicos de exigencia del Consejo Nacional de Universidades, sin importar, la calidad del profesional que enviaban a la calle, estudiantes a quienes "pasaban a la fuerza", pues no importa cuántas veces hicieran un examen de suficiencia para pasar una clase reprobada, con tal que, cada vez que hacían dicho examen, pagaran un arancel. Esto da indicios de que, las ansias económicas imperan por encima de la rigurosidad académica y del prestigio que, de ellos, pueda emanar a favor de un Alma Mater.

A lo anterior debemos de sumar que, las distintas entidades encargadas de supervisar, o bien de, garantizar la calidad del profesional del derecho, me refiero al Consejo Nacional de Universidades y a la honorable Corte Suprema de Justicia, última que se ha abrogado una función que no le corresponde, pero que, si la asume, debería exigir y crear filtros para evitar que todas estas instituciones académicas de papel, sin compromiso con la sociedad, ni con los mismos usuarios que son los estudiantes, puedan sacar indiscriminadamente, profesionales del derecho que, al final y al cabo, de profesional es lo menos que tienen.

Me encontraba hace un par de años, gestionando en las oficinas de Control de Notarios, la reposición de mi carnet de la Corte Suprema de Justicia que, es indispensable para mi trabajo diario, y recuerdo haber visto a dos recién graduados, que también ya les habían autorizado su título de abogado y de notario público, por parte de esta institución, y me causó nostalgia y alegría, ver en sus rostros aquella emoción de haber coronado su carrera, y de entrar a la vida profesional que tanto me gusta.

Tenían en sus rostros, una sonrisa de alegría inigualable, sesgada por un tanto de nerviosismo palpable ante ese gran paso que representa el inicio de la vida profesional. Entonces, me atreví a decirles, que no botaran su trabajo por el suelo, y que no regalaran su sabiduría y conocimiento, que se dieran a respetar, y que se transformaran en colegas éticos, honestos y sumamente profesionales, y que siendo así, no se podía "vulgarizar" nuestra profesión, cobrando menos por una labor profesional, que lo que cobra un carretonero por recoger la basura (sin ánimos de ofender a estas personas que desarrollan una labor honesta). Y lo dije, porque, les ejemplifiqué, que en mi casa había pagado en aquel entonces 900 córdobas para que me podaran un árbol, y contraté a un señor carretonero, para que me trasladara la basura hacia un contenedor que se encontraba como a tres cuadras de ahí, y por botarme la basura, que se fue en un solo viaje, el señor me cobró 300 córdobas.

Por ello, les dije yo a esos noveles profesionales, que cómo era posible que, ellos, después de 5 años de carrera y estudios, iban a redactar una escritura pública en protocolo, y luego a emitir un testimonio, por ese mismo valor. Y les terminé de poner un ejemplo que, un médico cobra de 35 a 65 dólares la consulta, y que no emite recetas de manera gratis, y que tampoco, un médico privado opera gratis, y que tampoco un hospital privado te interna gratis, y que todos los instrumentos quirúrgicos y materiales de reposición que se usan, te los cobran, que entonces, ¿por qué, si el médico no da consulta gratis, ni atiende pacientes gratis, por qué nosotros los abogados sí debemos hacerlo?. Al final les concluí, que cobraran decentemente, porque si ellos, se rebajaban a cobrar 300 córdobas por una escritura, ellos mismos estaban deslegitimando su trabajo, ellos mismos estaban, demeritando su profesión, y que nadie los vería con respeto.

Después de semejante sermón, la cara de ambos noveles abogados, se descompuso y más bien se tornó en cara de enojo, ripostándome groseramente uno de ellos, que él se iba a adaptar a su cliente, y que si el cliente no le podía pagar lo que él cobraba, él iba a sacar lo que pudiera, y que para eso él podía hacerse millonario haciendo mil escrituras al día a 300 córdobas, y que él soñaba con irse a poner su toldo frente a migración, porque ahí se iba a hacer de reales, y que, Yo era una persona egoísta, que me creía más que los demás, y que no quería que ellos como abogados nuevos se superaran.

Recuerdo que me decepcioné tanto al oír esta respuesta que, le respondí que al final, era su carrera y su vida, no la mía, y que no me estresaba que pensaran así, que más bien me alegraba que lo hicieran, porque ellos dos en la calle, no iban a ser competencia si se me pusieran al frente en un caso, y que me iba a reír, de lo fácil que me iba a tocar vencerles en un litigio. Que, si era ese su pensar, pues qué bien, pero que no dijeran, ni que presumieran ante la sociedad de ser abogados, porque la calidad que mostraban era peor que la de un gestor, o bien de un leguleyo, en todos sus sentidos.

Cuento esta anécdota, porque la responsabilidad en la formación de los profesionales tiene que ser tomada muy en serio, porque, no es posible que estemos formando profesionales mediocres, que llegan a la calle a hacer mediocridades, y que por eso se confunde a la piltrafa de abogaduchos que abundan por todos lares, con los que día a día a través de los años, nos hemos venido esforzando por crear una reputación, por crear una imagen de honestidad de la que el abogado tiene obligatoriamente que estar revestido, porque es obligación nuestra generar confianza en nuestros clientes, hacia nuestra calidad de trabajo que realizamos y la personalidad que tenemos.

Es un trabajo difícil, pero no imposible, y jamás vamos a ser puros y castos, metafóricamente hablando, porque tendremos nuestras diferencias con nuestros clientes, principalmente a la hora de los resultados, ya que también en la ecuación, los clientes son un término preponderante para los resultados que podamos obtener. Un buen abogado, respetuoso de sí mismo, no permite que un cliente le diga que tiene que hacer, ni aunque el cliente fuere abogado también, ni tampoco permite que un cliente le ponga precio a su trabajo, mucho menos, que después de todo no le pague, o le termine injuriando y calumniando, como muy frecuentemente sucede en el ámbito del litigio.

No es para cualquiera litigar, por eso la mayoría de los abogados tiende a tenerle un grave temor al litigio, y se defienden diciendo que son especialistas en alguna materia, de aquellas que les permiten sobrevivir en el escritorio de algún lugar o empresa, pero no en los corrillos judiciales. Los abogados litigantes somos los más menospreciados a nivel general por la población, e incluso por nuestros mismos colegas, que nos ven como si fuéramos de una casta inferior, ya que por muy bien vestidos que andemos, nos sudamos día a día en los pasillos judiciales, en las instituciones del estado, y en cualquier lugar donde debemos ejercer nuestra bella profesión. Por eso, nos toca un doble esfuerzo para evitar que se nos vea con desdén, y más bien con respeto. Que sea un honor oír que nos llamen "doctor", y que se nos trate con la debida condescendencia al trabajo que realizamos.

Este es un llamado a la reflexión, a las autoridades de todas las universidades de este país, para luchar siempre por la calidad y el rigor académico de sus estudiantes y graduandos, de sus docentes, y de Los profesionales que mandamos a la calle a servir a la población. También, es un llamado las instituciones del Estado mencionadas, pero sobre todo, a mis ahora colegas, para tomar conciencia y razón sobre el gran papel que desarrollan los abogados en la sociedad de cualquier país, para dignificar más nuestra profesión, recobrar los bríos que de antaño, gozaban el abogado y el notario, y que, si fuese necesario, propugnemos por desechar la manzana podrida, para que no contamine a las sanas.

Con el respeto que todos ustedes se merecen, fraternalmente, su colega:

En, Managua a los 12 días del mes de septiembre de 2023.

Mario Rey Delgado
Abogado CSJ # 6776

Delgado - Hurtado & Assoc.8886 6004
22/07/2022

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★★★★★ · Barrister

Alguien dijo alguna vez que, el que vive sólo al día, está destinado a vivir en la oscuridad, y esto es cierto, porque s...
22/07/2022

Alguien dijo alguna vez que, el que vive sólo al día, está destinado a vivir en la oscuridad, y esto es cierto, porque sólo la luz del conocimiento es la que ilumina nuestro camino.

En este momento histórico, en que el mundo se ha convertido en un lugar caótico y peligroso, donde la vida se ha convertido en una sucesión de obligaciones sin sentido que nos dejan vacíos y disconformes, es necesario, más que nunca, replantearse las preguntas básicas que permitirán al hombre encontrarse a sí mismo y emerger de la oscuridad.

Las luces artificiales y el marketing nos han convencido de que, los bienes materiales y las comodidades nos harán más felices, sin embargo, a pesar de tener cada día más confort y más posibilidades de acceder a mayores bienes, el hombre no se siente libre, sino un triste títere manipulado por la sociedad de consumo, desesperado por las cosas y temeroso de perderlas.

La única brújula que nos permitirá recuperar el camino son los valores, porque en un mundo relativista que no puede discernir lo que es justo o bueno porque todo vale, no hay sendas ni futuro.

El hombre actual, sin valores ni conciencia de Ser, es vivido por los demás y se desliza por la banquina de la vida sin encontrar un lugar para transitar. Es un ser humano espectador, pasivo, temeroso de vivir las experiencias directamente, prefiriendo una realidad edulcorada, sin matices, en borrador, como si estuviera siempre ensayando, para no comprometerse a pasar las cosas en limpio.

Sin embargo, a pesar del vacío de su existencia, se aferra a su cuerpo como a un salvavidas, porque ha perdido el alma y permanece flotando en la nada.

Debemos aspirar a que, una relación ya no sea más un negocio, y que se convierta en lo que es, la entrega incondicional, el encuentro y la compasión.

14/09/2021
01/03/2021

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