12/07/2026
La mejor aventura de mi vida comenzó el día que tuve que dejar mi país.....
Hay decisiones que cambian el rumbo de una vida para siempre.
Hace ocho años tomé una de ellas. No fue una decisión fácil. Fue, sin duda, la más dolorosa que he tenido que enfrentar.
No me fui de Venezuela porque dejé de amarla. Me fui porque mi cuerpo ya no podía más. Mi salud estaba completamente desgastada y necesitaba encontrar una oportunidad para recuperarme. Pero la enfermedad no era la única carga que llevaba sobre mis hombros. Durante los últimos años que trabajé en institución pública que no tengo miedo a nombrar “Fundación Gran Mariscal de Ayacucho” viví momentos muy difíciles. Desde mi experiencia, sentí un ambiente de presión por no querer guardar silencio frente a situaciones que consideraba incorrectas. Lo que más me impactaba era ver cómo muchas personas se aferraban a un cargo, olvidando que ningún puesto de trabajo vale más que la tranquilidad de la conciencia, la honestidad y la dignidad.
Con el tiempo comprendí algo que jamás olvidaré, cuando una institución pública deja de existir para servir al ciudadano y comienza a servir a intereses políticos, poco a poco pierde su esencia. Y cuando una institución pierde sus principios, también comienza a perderlos cada persona que decide guardar silencio por conveniencia.
Aquella realidad terminó enfermándome física y emocionalmente.
Entonces entendí que tenía dos caminos: seguir apagándome lentamente o atreverme a empezar de nuevo. Elegí vivir, no sabía cuánto tiempo estaría lejos, no sabía cuándo volvería a abrazar a mi familia, no sabía qué me esperaba, pero sí sabía que Dios tenía un propósito para mí, emprendí ese viaje acompañado por la mejor compañera que la vida podía regalarme: mi hermana menor. (Tino)
Recuerdo que, antes de comenzar esa nueva etapa, me hice una promesa:"Esta será la mejor aventura de mi vida. Y mientras Dios me regale un nuevo amanecer, viviré cada día al máximo, como si fuera el último."Esa promesa cambió mi manera de mirar la vida. Llegué al Perú con una maleta llena de incertidumbre, pero con un corazón dispuesto a volver a empezar y el Perú hizo mucho más que recibirme, me abrazó, me dio una oportunidad, me permitió recuperar mi salud gracias al conocimiento de sus profesionales, a su tecnología y a la calidad humana de tantas personas que encontré en el camino.
Pero hubo algo aún más valioso, Perú me enseñó el verdadero significado del patriotismo. Observé cómo un pueblo defendía con orgullo su historia, su cultura, sus tradiciones y su identidad. Y entendí que amar a un país no consiste solamente en decir "amo a mi patria". Ser patriota significa respetar las leyes, cuidar las instituciones, trabajar con honestidad, valorar el esfuerzo del otro y aportar cada día para construir un país mejor. Confieso que Perú me dio una "cachetada de realidad".
Me hizo comprender algo que nunca me habían enseñado con tanta claridad. Por eso hoy solo puedo decir:
Gracias, Perú.
Gracias por abrirme las puertas cuando más lo necesitaba, gracias por permitirme sanar.
Gracias por hacerme sentir que todavía existen pueblos capaces de tender la mano sin preguntar de dónde vienes.
Siempre llevaré a Venezuela en mi corazón, porque allí nací, crecí y aprendí mis primeras lecciones de vida, pero también llevaré un profundo sentimiento de gratitud hacia el Perú, porque aquí volví a creer en el futuro, mientras reconstruía mi vida, seguía mirando a mi país desde la distancia.
Y cada noticia me rompía el alma. Vi familias separadas por la migración. Vi madres despedirse de sus hijos. Vi abuelos esperando un abrazo que nunca llegó. Vi jóvenes marcharse buscando oportunidades. Vi comunidades enteras sufrir por inundaciones, deslizamientos y otras tragedias naturales. Vi a un pueblo que aprendió a sobrevivir en medio de la incertidumbre. Y, aun así, también vi algo que me llenó de esperanza. Vi solidaridad. Vi personas compartiendo lo poco que tenían. Vi venezolanos ayudando a venezolanos sin preguntar por sus ideas políticas. Eso me recordó que el amor por nuestro país es mucho más grande que cualquier diferencia. Hoy creo que Venezuela necesita sanar. Necesita reconciliarse consigo misma. Necesita que sus instituciones vuelvan a tener como único propósito servir a los ciudadanos. Necesita funcionarios que recuerden que un cargo público es un servicio, no un privilegio. A cada servidor público, a cada empleado y funcionario del Estado, quiero decirle algo desde el respeto y desde mi propia experiencia: Deténganse un momento.
Mírense al espejo.
Pregúntense qué legado quieren dejar. Porque los cargos son temporales. Los gobiernos cambian. Pero la conciencia nos acompaña toda la vida. Siempre habrá tiempo para elegir la honestidad antes que el silencio. Siempre habrá tiempo para ponerse del lado correcto de la historia. No escribo estas palabras desde el odio. El odio nunca construye. Las escribo desde el amor profundo que siento por la tierra que me vio nacer. Porque sigo creyendo en Venezuela. Sigo creyendo en su gente. Sigo creyendo que ningún pueblo está condenado para siempre. Las naciones también renacen. Y cuando llegue ese día, porque estoy convencida de que llegará, quiero regresar y abrazar a mi país con la misma emoción con la que un día tuve que despedirme de él. Regresaré con la certeza de que las heridas pueden sanar. De que siempre existe una segunda oportunidad. Y de que los pueblos que aprenden de su historia son capaces de construir un futuro diferente. Hoy vivo agradecida. Agradecida con Dios por sostenerme cuando sentía que no podía más. Agradecida con Venezuela, porque allí están mis raíces. Y profundamente agradecida con el Perú, porque me enseñó que la verdadera grandeza de un país no se mide por sus riquezas, sino por la nobleza de su gente. Si algo he aprendido en estos ocho años es que la vida puede arrebatarnos muchas cosas, pero jamás podrá quitarnos la esperanza. Y mientras Dios me regale un nuevo amanecer, seguiré viviendo cada día con la misma promesa que me hice al comenzar esta aventura: Vivir intensamente, amar profundamente, servir con honestidad y nunca dejar de creer que los milagros existen.
Porque esa decisión que un día me llenó de miedo terminó convirtiéndose, sin que yo lo supiera, en la mejor aventura de mi vida.
La mejor aventura de mi vida comenzó el día que tuve que dejar mi país
Hay decisiones que cambian el rumbo de una vida para siempre.
Hace ocho años tomé una de ellas. No fue una decisión fácil. Fue, sin duda, la más dolorosa que he tenido que enfrentar.
No me fui de Venezuela porque dejé de amarla. Me fui porque mi cuerpo ya no podía más. Mi salud estaba completamente desgastada y necesitaba encontrar una oportunidad para recuperarme. Pero la enfermedad no era la única carga que llevaba sobre mis hombros. Durante los últimos años que trabajé en institución pública que no tengo miedo a nombrar “Fundación Gran Mariscal de Ayacucho” viví momentos muy difíciles. Desde mi experiencia, sentí un ambiente de presión por no querer guardar silencio frente a situaciones que consideraba incorrectas. Lo que más me impactaba era ver cómo muchas personas se aferraban a un cargo, olvidando que ningún puesto de trabajo vale más que la tranquilidad de la conciencia, la honestidad y la dignidad.
Con el tiempo comprendí algo que jamás olvidaré, cuando una institución pública deja de existir para servir al ciudadano y comienza a servir a intereses políticos, poco a poco pierde su esencia. Y cuando una institución pierde sus principios, también comienza a perderlos cada persona que decide guardar silencio por conveniencia.
Aquella realidad terminó enfermándome física y emocionalmente.
Entonces entendí que tenía dos caminos: seguir apagándome lentamente o atreverme a empezar de nuevo. Elegí vivir, no sabía cuánto tiempo estaría lejos, no sabía cuándo volvería a abrazar a mi familia, no sabía qué me esperaba, pero sí sabía que Dios tenía un propósito para mí, emprendí ese viaje acompañado por la mejor compañera que la vida podía regalarme: mi hermana menor. (Tino)
Recuerdo que, antes de comenzar esa nueva etapa, me hice una promesa:"Esta será la mejor aventura de mi vida. Y mientras Dios me regale un nuevo amanecer, viviré cada día al máximo, como si fuera el último."Esa promesa cambió mi manera de mirar la vida. Llegué al Perú con una maleta llena de incertidumbre, pero con un corazón dispuesto a volver a empezar y el Perú hizo mucho más que recibirme, me abrazó, me dio una oportunidad, me permitió recuperar mi salud gracias al conocimiento de sus profesionales, a su tecnología y a la calidad humana de tantas personas que encontré en el camino.
Pero hubo algo aún más valioso, Perú me enseñó el verdadero significado del patriotismo. Observé cómo un pueblo defendía con orgullo su historia, su cultura, sus tradiciones y su identidad. Y entendí que amar a un país no consiste solamente en decir "amo a mi patria". Ser patriota significa respetar las leyes, cuidar las instituciones, trabajar con honestidad, valorar el esfuerzo del otro y aportar cada día para construir un país mejor. Confieso que Perú me dio una "cachetada de realidad".
Me hizo comprender algo que nunca me habían enseñado con tanta claridad. Por eso hoy solo puedo decir:
Gracias, Perú.
Gracias por abrirme las puertas cuando más lo necesitaba, gracias por permitirme sanar.
Gracias por hacerme sentir que todavía existen pueblos capaces de tender la mano sin preguntar de dónde vienes.
Siempre llevaré a Venezuela en mi corazón, porque allí nací, crecí y aprendí mis primeras lecciones de vida, pero también llevaré un profundo sentimiento de gratitud hacia el Perú, porque aquí volví a creer en el futuro, mientras reconstruía mi vida, seguía mirando a mi país desde la distancia.
Y cada noticia me rompía el alma. Vi familias separadas por la migración. Vi madres despedirse de sus hijos. Vi abuelos esperando un abrazo que nunca llegó. Vi jóvenes marcharse buscando oportunidades. Vi comunidades enteras sufrir por inundaciones, deslizamientos y otras tragedias naturales. Vi a un pueblo que aprendió a sobrevivir en medio de la incertidumbre. Y, aun así, también vi algo que me llenó de esperanza. Vi solidaridad. Vi personas compartiendo lo poco que tenían. Vi venezolanos ayudando a venezolanos sin preguntar por sus ideas políticas. Eso me recordó que el amor por nuestro país es mucho más grande que cualquier diferencia. Hoy creo que Venezuela necesita sanar. Necesita reconciliarse consigo misma. Necesita que sus instituciones vuelvan a tener como único propósito servir a los ciudadanos. Necesita funcionarios que recuerden que un cargo público es un servicio, no un privilegio. A cada servidor público, a cada empleado y funcionario del Estado, quiero decirle algo desde el respeto y desde mi propia experiencia: Deténganse un momento.
Mírense al espejo.
Pregúntense qué legado quieren dejar. Porque los cargos son temporales. Los gobiernos cambian. Pero la conciencia nos acompaña toda la vida. Siempre habrá tiempo para elegir la honestidad antes que el silencio. Siempre habrá tiempo para ponerse del lado correcto de la historia. No escribo estas palabras desde el odio. El odio nunca construye. Las escribo desde el amor profundo que siento por la tierra que me vio nacer. Porque sigo creyendo en Venezuela. Sigo creyendo en su gente. Sigo creyendo que ningún pueblo está condenado para siempre. Las naciones también renacen. Y cuando llegue ese día, porque estoy convencida de que llegará, quiero regresar y abrazar a mi país con la misma emoción con la que un día tuve que despedirme de él. Regresaré con la certeza de que las heridas pueden sanar. De que siempre existe una segunda oportunidad. Y de que los pueblos que aprenden de su historia son capaces de construir un futuro diferente. Hoy vivo agradecida. Agradecida con Dios por sostenerme cuando sentía que no podía más. Agradecida con Venezuela, porque allí están mis raíces. Y profundamente agradecida con el Perú, porque me enseñó que la verdadera grandeza de un país no se mide por sus riquezas, sino por la nobleza de su gente. Si algo he aprendido en estos ocho años es que la vida puede arrebatarnos muchas cosas, pero jamás podrá quitarnos la esperanza. Y mientras Dios me regale un nuevo amanecer, seguiré viviendo cada día con la misma promesa que me hice al comenzar esta aventura: Vivir intensamente, amar profundamente, servir con honestidad y nunca dejar de creer que los milagros existen.
Porque esa decisión que un día me llenó de miedo terminó convirtiéndose, sin que yo lo supiera, en la mejor aventura de mi vida.