New Garden

New Garden Residencial para adultos mayores
Cuidado integral, atención personalizada
Consultas: 0341 7 852 224

Nuestros espacios están pensados para brindar comodidad, seguridad y bienestar en cada momento del día. Un entorno cálid...
04/05/2026

Nuestros espacios están pensados para brindar comodidad, seguridad y bienestar en cada momento del día.

Un entorno cálido donde cada residente puede sentirse acompañado y en casa.

Contamos con lugares disponibles.

Consultanos para más información o para coordinar una visita.

Brindamos cuidado integral con atención personalizada, contención emocional y un entorno pensado para el bienestar de ca...
04/05/2026

Brindamos cuidado integral con atención personalizada, contención emocional y un entorno pensado para el bienestar de cada residente. 💚

Acompañamos cada día con dedicación, calidez y compromiso, ofreciendo la tranquilidad que las familias necesitan.

📩 Consultanos para más información.

En New Garden brindamos un servicio de atención integral para adultos mayores, enfocado en el respeto, la contención y l...
24/03/2026

En New Garden brindamos un servicio de atención integral para adultos mayores, enfocado en el respeto, la contención y la calidad de vida.

Cada residente recibe un acompañamiento personalizado, en un entorno cálido y cuidado, pensado para su bienestar diario.

Nuestro compromiso es ofrecer tranquilidad, tanto a quienes viven con nosotros como a sus familias.

Si estás buscando un espacio de confianza para el cuidado de un ser querido, podemos acompañarte en este proceso .

Estamos ubicados en Montevideo 2122.

📩 Escribinos para recibir asesoramiento y coordinar una visita

Hermosa reflexion
02/09/2015

Hermosa reflexion

26/03/2015
11/03/2015

NUEVOS NUMERO DE TELEFONO: (0341) 4215359

05/02/2015
nuestra casa por dentro - proximamente 2do piso y jardines
22/01/2015

nuestra casa por dentro - proximamente 2do piso y jardines

RESERVÁ UN LUGAR PARA TU SER QUERIDO.. ÉL TE LO VA A AGRADECER...!!Y VOS TE VAS A QUEDAR TRANQUILO DE QUE VA A TENER EL ...
13/02/2014

RESERVÁ UN LUGAR PARA TU SER QUERIDO..
ÉL TE LO VA A AGRADECER...!!
Y VOS TE VAS A QUEDAR TRANQUILO DE QUE VA A TENER EL MEJOR TRATO POSIBLE... Y VA A ESTAR BIEN CUIDADO...

NEW GARDEN

Del libro "El lado B del amor" de Gabriel RolónLa vieja atorranta    Hace muchos años, cuando era psicólogo muy joven, t...
04/02/2014

Del libro "El lado B del amor" de Gabriel Rolón

La vieja atorranta

Hace muchos años, cuando era psicólogo muy joven, trabajé en algunos geriátricos. (...) Muchos de ustedes trabajarán o habrán trabajado en alguna institución, y sabrán que lo que tiene que hacer todo el que trabaja en un establecimiento al ingresar es ir a la cocina, porque la cocinera es la que está al tanto de todo lo que pasa.Más que los médicos incluso.
Llegué, entonces, una mañana, me dirigí a la cocina y, como era habitual, le pregunté a la cocinera.
-¿Y, Betty, alguna novedad?
-Sí, doctor- me llamó así aunque soy licenciado-. ¿Ya vio a la vieja atorranta?
-No - le dije asombrado-. ¿Entró una abuela nueva?
-Sí, una viejita picarona.
Me quedé tomando unos mates con ella y no volví a tocar el tema hasta que entró la enfermera y me dijo:
-Gaby, ¿ya viste a la atorranta?
-No -le respondí.
-Tenés que verla. Se llama Ana.
Lo primero que me llamó la atención fue que utilizara, para
referirse a ella, el mismo término que había usado la cocinera:
atorranta. Pero lo cierto es que habían conseguido despertar mi
interés por conocerla. De modo que hice mi recorrida habitual por el geriátrico y dejé para el final la visita a la habitación en la que estaba Ana.

En esa hora yo me había estado preguntando de dónde vendría el mote de vieja atorranta. Supuse que, seguramente, debía ser una mujer que cuando joven habría trabajado en un cabaret, o que tendría alguna historia picaresca. Pero no era así.
Cuando entré en su habitación me encontré con una abuela que estaba muy deprimida y que casi no podía hablar a causa de la tristeza. Su imagen no podía estar más lejos de la de una vieja atorranta. Me acerqué a ella, me presenté y le pregunté: -Abuela, ¿qué le pasa? Pero ella no quiso hablar demasiado; apenas si me respondió algunas preguntas por una cuestión de educación. Pero un analista sabe que esto puede ser así, que a veces es necesario tiempo para establecer el vínculo que el paciente necesita para poder hablar. Y me
dispuse a darle ese tiempo. De modo que la visitaba cada vez que iba y me quedaba en silencio a su lado. A veces le canturreaba algún tango.
Y, allá como a la séptima u octava de mis visitas la abuela habló:

-Doctor, yo le voy a contar mi historia.
Y me contó que ella se había casado, como se acostumbraba en su época, siendo muy jovencita, a los 16 años con un hombre que le llevaba
cinco. Yo la escuchaba con profunda atención.

-¿Sabe? -me miró como avisándome que iba a hacerme una confesión-, yo me casé con el único hombre que quise en mi vida, con el único hombre que deseé en mi vida, con el único hombre que me tocó en mi vida y es el hombre al que amo y con el que quiero estar.

Me contó que su esposo estaba vivo, que ella tenía ochenta y seis años y él noventa y uno y que, como estaban muy grandes, a la familia le pareció que era un riesgo que estuvieran solos y entonces decidieron internarlos en un geriátrico. Pero como no encontraron cupo en un hogar mixto, la internaron a ella en el que yo trabajaba, y a él en otro. Ella en provincia y él en Capital.

Es decir que, después de setenta años de estar juntos los habían separado. Lo que no habían podido hacer ni los celos, ni la infidelidad, ni la violencia, lo había hecho la familia. Y ese
viejito, con sus noventa y un años, todos los días se hacía llevar por
un pariente, un amigo o un remisse en el horario de visita, para ver a su mujer.
Yo los veía agarraditos de la mano, en la sala de estar o en el
jardín, mientras él le acariciaba la cabeza y la miraba. Y cuando se tenían que separar, la escena era desgarradora.

¿Y de dónde venía el apodo de vieja atorranta? Venía del hecho de que, como el esposo iba todos los días a verla, ella le había pedido autorización a las autoridades del geriátrico para ver si, al menos una o dos veces por semana, los dejaban dormir la siesta juntos. Y entonces, ellos dijeron: -Ah, bueno... mirá vos la vieja atorranta.
Cuando la abuela me contó esto, estaba muy angustiada y un poco avergonzada. Pero lo que más me conmovió fue cuando me dijo, agachando
la cabeza:

-Doctor, ¿qué vamos a hacer de malo a esta edad? Yo lo único que quiero es volver a poner la cabeza en el hombro de mi viejito y que me acaricie el pelo y la espalda, como hizo siempre. ¿Qué miedo tienen?
Si ya no podemos hacer nada de malo.
Conteniendo la emoción, le apreté la mano y le pedí que me mirara.
Y entonces le dije:

-Ana, lo que usted quiere es hacer el amor con su esposo. Y no me venga con eso de que ¿qué van a hacer de malo? Porque es maravilloso que usted, setenta años después, siga teniendo las mismas ganas de besar a ese hombre, de tocarlo, de acostarse con él y que él también la desee a usted de esa manera. Y esas caricias, y su cara sobre la piel de sus hombros, es el modo que encontraron de seguir haciéndolo a esta edad. Pero déjeme decirle algo, Ana: ése es su derecho, hágalo valer. Pida, insista, moleste hasta conseguirlo. Y la abuela molestó.
Recuerdo que el director del geriátrico me llamó a su oficina para preguntarme: -¿Qué le dijiste a la vieja?
-Nada- le dije haciéndome el desentendido- ¿Por qué?

La cuestión fue que con la asistente social del hogar en el que estaba su esposo, nos propusimos encontrar un geriátrico mixto para que estuvieran juntos. Corríamos contra reloj y lo sabíamos. Tardamos cuatro meses en encontrar uno. Sé que, dicho así, parece poco tiempo.
Pero cuatro meses cuando alguien tiene más de noventa años, podía ser la diferencia entre la vida y la muerte. Además ella estaba cada vez más deprimida y yo tenía mucho miedo de que no llegara. Pero llegó.

Y el día en el que se iba de nuestro geriátrico fui muy temprano para saludarla, y e cuanto llegué, la cocinera me salió al cruce y me dijo: -No sabés. Desde las seis de la mañana que la vieja está con la valija lista al lado de la puerta. -Yo me reí.
Entonces fui a verla y le dije: -Anita, se me va. Y ella me miró emocionada y me respondió: -Sí doctor... Me vuelvo a vivir con mi viejito. -Y se echó en mis brazos llorando.
-Ana- le dije- Nunca me voy a olvidar de usted. Y como habrán visto, no le mentí.

Jamás me olvidé de ella, porque aprendí a quererla y respetarla por su lucha, por la valentía con la que defendió su deseo y porque gracias a esa vieja atorranta, pude comprobar que todo lo que había estudiado y
en lo que creía, era cierto: que es verdad que la sexualidad nos acompaña hasta el último día y que se puede pelear por lo que se quiere aunque se deje la vida en el intento. Y además, porque la abuela me dejó la sensación de que, a pesar de todas las dificultades, cuando alguien quiere sanamente y sus sentimientos son nobles, puede ser que enamorarse sea realmente algo maravilloso y que el amor y el deseo puedan caminar juntos para siempre.

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