13/06/2026
Invité a mi yo de niña a tomar un café.
Las dos llegamos diez minutos antes. Siempre fuimos así: puntuales, emocionadas y llenas de sueños. Nos sentamos frente a frente y, con esa mirada curiosa que solo tienen los niños, me hizo la primera pregunta:
—¿Qué hicimos cuando crecimos?
Sonreí y le conté que estudiamos Derecho, una profesión que aprendimos a amar profundamente. También le dije que la vida nos llevó por caminos inesperados hasta encontrar nuestra pasión en el mundo inmobiliario, donde cada día ayudamos a otras personas a cumplir sus sueños.
Luego me preguntó:
—¿Tuvimos tres hijos?
Le respondí que la vida tenía otros planes. Solo tuvimos a Juan, pero él nos regaló a Megan y a Daniel, y juntos se convirtieron en una de las mayores bendiciones de nuestra vida.
Guardó silencio por un momento y después preguntó por las personas que más amábamos:
—¿Y mi papá? ¿Mi mamá? ¿Y Guayo?
Tomé aire y le respondí con ternura:
—Papá ahora me cuida desde el cielo y sigue acompañándome cada día. Mamá se convirtió en una bisabuela maravillosa, llena de amor y sabiduría. Y Guayo... Guayo sigue siendo tan adorable como siempre.
Entonces le conté algo más:
—También tenemos a Andrés y a Benito, que llenan nuestra vida de compañía, alegría y amor.
Mi yo de niña sonrió. Esa sonrisa tranquila de quien necesita saber que todo estará bien.
Y antes de despedirnos, le dije:
—No todo fue perfecto. Hubo lágrimas, aprendizajes, despedidas y desafíos. Pero valió la pena. Somos felices. Hemos amado y sido amados. Tenemos una familia maravillosa, sueños que seguimos construyendo y una vida hermosa por la cual agradecer cada día.
Ella tomó mi mano, sonrió con orgullo y me dijo:
—Entonces lo logramos.
Y por primera vez entendí que aquella niña estaría orgullosa de la mujer en la que nos convertimos. ❤️☕✨
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