16/08/2026
Cuando era joven, en la escuela y el colegio, nos enseñaban que había que amar nuestra tierra. Pero muchas veces nos enseñaban un amor sin preguntas, incondicional; de esos que terminan pareciéndose a aquella vieja idea de que, aunque pegue y mate, marido es.
Y creo que ahí hay un problema.
Amar una ciudad no debería significar aceptarlo todo. No debería significar agachar la cabeza ante sus defectos ni asumir que, porque nacimos aquí, estamos obligados a quererla tal como es.
Porque cuando el amor deja de cuestionar, también puede volverse ciego, sordo y mudo.
Tal vez por eso Ambato carga hoy con tantas contradicciones. Una ciudad que se reconoce como cosmopolita, heredera del pensamiento de Juan Montalvo, Juan León Mera y Juan Benigno Vela, pero que muchas veces parece haber olvidado aquello que esos nombres representan: leer, pensar, analizar y cuestionar.
Una ciudad que no se cuestiona termina acostumbrándose a sus propias incoherencias.
Y esas contradicciones aparecen en la convivencia diaria: cuando botamos basura en la calle, dejamos el carro mal parqueado, nos pasamos un semáforo en rojo o llegamos a una fila y pretendemos que alguien nos “guarde el puesto”.
Son pequeñas cosas. Millones de pequeñas cosas. Y juntas terminan construyendo la ciudad que habitamos.
Por eso, este no es un texto para alabar a la “tierrita linda”. Es una invitación a cuestionar el nido.
A mirar dónde vivimos con la misma honestidad con la que deberíamos mirarnos a nosotros mismos.
Porque amar una ciudad también significa señalar lo que está mal, preguntarnos por qué y pensar cómo podría ser diferente.
Una ciudad no es un paisaje que heredamos. Es una construcción colectiva que hacemos todos los días.
Más allá de nuestras convicciones políticas, una ciudad se construye cuando aprendemos a construirla para todos: para las empresas más grandes y para quien vende caramelos en un bus; para quien tiene un gran local y para quien apenas sostiene su pequeño negocio; para quien camina, conduce, trabaja, estudia, nació aquí o decidió hacer de Ambato su casa.
Quizás amar nuestra tierra no sea decir siempre que es linda.
Quizás sea tener el valor de mirarla de frente, reconocer sus heridas, cuestionar sus contradicciones y decidir hacer algo para que mañana sea un lugar mejor para todos.
Porque a veces, para cuidar el nido, primero hay que atreverse a cuestionarlo.
GABO DÍAZ