10/10/2019
Como el amor a primera vista.
Una emoción; como un rayo, una sacudida, una chispa, un pinchazo.
Así llega una casa a nuestra vida. Enredadera de sensaciones que trepa y trepa por tus adentros, que te cala hondo, que transforma hormigón, acero, cristal, ladrillo, en ilusiones, en refugio, cobijo, nido, hogar, sueños. Y besos. Y proyectos. Y vida; tanta vida, toda la vida. La vida entera.
Visitar una casa es mucho mas que una elección. Es encontrarte a ti mismo; es encontrar el techo que guarecerá las edades que vendrán.
Abrir puertas hasta que llega una que te invita a cerrarla y quedarte dentro. Para siempre. Te devuelve miles de “dóndes”: el dormitorio donde quieres soñar cada noche, la cocina en que quieres enredar tus despertares con el olor a café, el baño donde quieres liar tus dedos entre el flequillo rebelde hasta que el espejo te devuelva la imagen que buscas para ir a esa cita, o a la oficina, o allá donde te conduzcan tus pasos. Dónde quieres guarecer tus recuerdos y donde quieres gestar lo que mañana también serán recuerdos. Donde quieres estar. Donde quieres vivir.
Por eso es éste uno de los trabajos más hermosos que puedo concebir. Porque es abrir cuantas puertas, una tras otra, hagan falta hasta ver como se iluminan unos ojos y como se mueven unos pies dibujando en el suelo los cimientos invisibles de una vida que empieza.
DÉJANOS ABRIR PUERTAS CONTIGO...
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