05/01/2026
La Cabalgata de Reyes en Sevilla nunca se suspendió, sólo hubo paros en ciertos tramos como en 2003 cuando el diluvio impedía avanzar que continuaba cuando la lluvia aminoraba. La única vez que se adelantó la Cabalgata fue hace un año, el pasado 2025.
Recordemos la Cabalgata de la Niebla. En 1966 ocurrió uno de esos episodios que sólo Sevilla es capaz de convertir en leyenda. La Cabalgata de Reyes Magos salió a la calle envuelta en una niebla tan espesa que apenas permitía distinguir las carrozas a unos metros de distancia. Lejos de suspenderse, el cortejo avanzó como surgido de un sueño. ABC lo contó al día siguiente con un titular que ha quedado para la historia: «Don Nicanor y la niebla». En la entradilla se leía: «La espesa niebla que ayer se cerniera sobre la ciudad empañó literalmente la Cabalgata de los Reyes Magos, pero no le restó lucimiento. El extraño elemento, insólito espectador del gran cortejo, le añadía un desusado encanto».
Aquella tarde de enero quedó bautizada para siempre como la Cabalgata de la Niebla, un nombre que dice más que cualquier crónica meteorológica. La ciudad asistió a una aparición más que a un desfile: Oriente parecía haber acortado distancias y los Reyes surgían de la nada, a escasos metros de los ojos infantiles, como figuras de un teatro de sombras.
En las páginas interiores de ABC, un jovencísimo Antonio Burgos, con apenas 22 años y firmando aún con sus iniciales, «A. B.», dejó una crónica que hoy es una auténtica pieza literaria. Burgos entendió mejor que nadie que la niebla no restó nada: lo añadió todo. Hizo de la Cabalgata algo irrepetible, una sucesión de visiones fugaces donde el papel de plata, los tules, la purpurina, los tambores y los caramelos emergían y se desvanecían como por encanto. *«Que todos lo fuimos ayer», escribió, «que a los sentidos de todos afloró ese niño que indefectiblemente llevamos dentro».
Desde la Feria de Muestras hasta el Parque de María Luisa, pasando por la Pasarela, la Ronda, Puñonrostro, Santa Catalina o Tetuán, la ciudad fue un escenario en penumbra. Las carrozas aparecían de improviso; los tambores se oían antes de verse; los Reyes Magos no llegaban desde lejos, sino que se revelaban. Melchor, Gaspar y Baltasar avanzaban entre un público que adivinaba más que veía, y que por eso mismo creía con más fuerza.
El Rey Negro, encarnado aquel año por Álvaro Domecq, fue una de las grandes apariciones de la tarde, montado sobre su trono de elefantes dorados, lanzando caramelos como quien clava —en palabras del propio Burgos— «el rejón de vida de la alegría». A su alrededor, una Sevilla entregada, solidaria, emocionada, capaz de vencer incluso a la niebla con luz, música y esperanza.
A las diez de la noche, la Cabalgata regresó al punto de partida, de nuevo envuelta en la bruma. Habían desfilado más de treinta carrozas, diez bandas de música, ochocientos figurantes y toneladas de caramelos. Pero lo verdaderamente importante no se podía pesar ni contar: la ciudad había ganado un mito.
Desde entonces, cada vez que la lluvia amenaza, que el cielo se encapota o que el tiempo parece querer aguar la fiesta —como ocurrió en 2003 bajo un auténtico diluvio—, Sevilla recuerda aquel año de 1966 en el que la niebla no fue obstáculo, sino aliada. Porque hay días en los que la meteorología, lejos de estropear la ilusión, la convierte en memoria eterna.