21/08/2024
En el capítulo final de la película “Andrei Rubliov” (Andrei Tarkovsky, 1974), un constructor de campanas de 14 años, Boris, nos da una soberbia lección de autenticidad en el arte y en la creación. En una pequeña aldea rusa, en el Renacimiento, una epidemia de peste ha acabado con toda su familia. Cuando los emisarios del zar llegan allí buscando a su padre, conocido constructor de campanas, solo lo encuentran a él, esperando la muerte en la nieve. Para salvarse, suplica a aquellos emisarios que lo contraten, ya que su padre, en el lecho de muerte, le había transmitido el secreto para lograr el mejor sonido de campanas. Los emisarios del zar se apiadan y lo trasladan a palacio. Construirá una enorme campana, por lo que ponen a su mando a toda una cuadrilla de obreros. Trabaja junto a ellos como un iluminado, entre el escepticismo de los veteranos y el temor de los subordinados. El monje Andrei Rubliov, pintor de iconos que había perdido la fe y que en consecuencia había decidido tanto dejar de pintar como dejar de hablar, vigila aquella obra prodigiosa. Elegir la mejor arcilla para el molde, regatear con el príncipe para conseguir más bronce de fundición, rozar lo conveniente escatimando en madera para apuntalamientos… Llega el gran día y Boris está exhausto. La campana es alzada, se cuelga el badajo y ha de ser probada ante toda la corte y la plebe. Su sonido es juzgado conveniente ¿Pero de qué le sirven a Boris esos aplausos finales si él sabe que la campana que ha fundido no suena del todo bien, si el secreto de la construcción de campanas se lo llevó su miserable padre a la tumba? El ejemplo del pobre campanero desconsolado por no haber alcanzado la perfección le devuelve la fe a Rubliov.
Vemos aquí esa búsqueda íntima de la obra artística, que no entiende de vanos aplausos, que se concentra en un desafío personal con la naturaleza y la cultura.