25/12/2025
Hoy es Navidad.
Y entre tanto ruido, luces y mensajes, a mí me ha vuelto una escena pequeñita… de esas que parecen una tontería, pero se te quedan dentro.
Fue hace algunos años.
Recuerdo que era en noviembre, puse en venta la vivienda de una familia.
De esas casas que, cuando entras, notas que han pasado cosas importantes: comidas largas, risas, discusiones tontas, domingos de sofá… vida.
Como siempre, les preparé mi dossier:
“Orden, luz, detalles. Vamos a presentarla bien para las fotos y para las visitas.”
Ellos asintieron con esa cara de “vale, vamos a hacerlo perfecto”.
Porque cuando una casa se pone en venta, de repente parece que todo tiene que estar impecable… como si la vida tuviera que pedir permiso.
Y entonces llegó diciembre.
Un día, a media tarde, me sonó el teléfono.
Era el hijo de los propietarios.
Me habló bajito.
No sé explicarlo, pero se notaba que estaba triste.
Y me soltó una pregunta que me desarmó:
“Alex… ¿tú crees que puedo poner el árbol de Navidad?”
Me imaginé la escena sin verla:
la caja del árbol guardada, las luces esperando, y ese debate silencioso en casa…
“Mejor no lo pongamos, que queremos vender cuanto antes.”
Como si la Navidad pudiera retrasar una venta.
Como si poner algo bonito fuese un estorbo.
Me quedé un segundo callado.
Y le dije:
“Claro que sí. Ponlo. Pero pon uno bien grande.”
Porque una casa no se vende solo por estar ordenada.
Una casa se vende cuando se siente hogar.
Y pocas cosas hacen hogar como un árbol encendido en el salón, diciendo sin palabras:
“Aquí se vive. Aquí se quiere.”
Que se venda la casa… pero que no se venda la ilusión.
Porque una vivienda se enseña.
Pero la Navidad se vive.
Feliz Navidad.