28/09/2022
La despedida de Federer del tenis de alta competencia es, más que una oración de agradecimiento, un himno a la nobleza, un guiño de cuerpo completo para celebrar la vida de la vida. Si no la han escuchado, concédanle un segundo a la dignidad, no importa que no sepan de tenis; es más, no importa que no sepan quién es Roger Federer, lo que es improbable al tratarse de uno de los atletas más completos de las últimas generaciones, además de un caballero y un elegantísimo ser humano.
Cuando una persona, en la actividad que sea, agradece las oportunidades que le otorga el destino, cualquier discurso puede ser lindo, pero si además aprovecha el momento para ennoblecer a sus contrincantes y reconocer que lo hayan obligado a superarse, los adioses alcanzan niveles que muy pocos. Cualquier deportista debería leer ese adiós, pero también cualquier ser humano que requiere de quienes están del otro lado de su cancha para balancear una actividad y forzarnos a ser mejores individuos. Lo de Federer debería impulsarnos a dejar de repetir barbaridades contra quienes piensan distinto, quienes luchan por diferente uniforme, quienes eligen un Dios en otros entornos o no coinciden con nuestras ideas. Quien ve a un contrincante como enemigo, como traidor, como algo maligno a desaparecer muestra, además de sus ideas chiquitas, que no ha salido de la época de las cavernas y sigue pensando que la vida se trata de matar o morir. Por eso hay tan pocos Roger Federer en el planeta, que no requieren ni victimizarse ni presumir logros, lo que se hace bien no necesita vociferarse.
La generosidad no se mide únicamente en función de los seres queridos, sino por la apertura de puertas a distintas miradas que ayudan a enriquecer a la sociedad en cualquier deporte, en cualquier discusión, en cualquier actividad —incluyendo la política—, en cualquier país, no es un asunto exclusivo del tenis, aplaudir a los otros es un legado divino concedido a cuentagotas, pues al degradar al oponente también se devalúa la acción personal limitándonos a ser el menos malo y no el más bueno del evento. Pero eso escapa a la comprensión de la mayoría.
Nos hace falta a todos aspirar a comportarnos, a competir en buena lid, a saber ganar y saber perder, y a despedirnos como Federer, sin dejar agresiones y rencores repartidos en el camino.
Luis Jorge Arnau Ávila.
Postdata (41). Presidente: ¿qué le digo?