15/11/2025
La Marcha del 15: el país donde el gobierno no encuentra criminales, pero sí encuentra marchistas
Hay cosas que nunca cambian en México… y otras que cambian para volverse peores.
Tomemos el caso reciente: al gobierno federal no encuentra a los autores intelectuales que mataron a Carlos Manzo, pero —oh milagro divino digno de canonización— sí saben exactamente quién organiza la marcha del 15 de noviembre.
Qué precisión quirúrgica. Qué puntería de francotirador político.
Parece que para eso querían los impuestos: no para seguridad, no para investigación, no para justicia… Sino para espiar ciudadanos como si viviéramos en una película barata donde los villanos se reúnen en un Palacio para marcar a quien es bueno y quien no.
Y luego salen con la joyita retórica: “Están politizando la marcha.”
¿En serio?
¿Una marcha contra el gobierno no debe ser política? ¿Debía ser literaria, deportiva, gastronómica?
Si todo en México está regido por la Constitución Política, entonces todo acto público tiene un componente político.
Político es pagar impuestos.
Político es que te falte seguridad.
Político es que te gobierne alguien que prometió que sabía cómo resolverlo… y no lo resolvió.
Político es que la gente tenga que salir a marchar porque ya ni la dignidad les dejaron entera.
Ahora bien, me impresiona la obsesión por etiquetar la marcha del 15 de noviembre.
Que si son de derecha.
Que si son “fascistas”.
Que si quién los convoca.
Que si quién los financia.
Siempre las mismas preguntas, siempre las mismas cortinas de humo.
Así que, antes de que alguien me quiera dar una cátedra moral en redes, déjenme comentar algo muy básico, casi de primaria, pero que parece que al poder se le olvida:
Yo aprendí que en la sociedad los narcos eran los malos.
Hoy, al parecer, son parte del paisaje natural: conviven, negocian, controlan territorios, imponen miedo y siguen libres… mientras al ciudadano que marcha sí lo tienen identificado, ubicado y etiquetado.
Yo aprendí que el que roba en el gobierno es corrupto.
Hoy, parecería que no: hoy es “víctima”, “perseguido político”, “pobre funcionario malinterpretado” o “heredero de un sistema que no se cambia de la noche a la mañana”.
Pero curiosamente nadie devuelve lo robado.
Yo aprendí que pedir paz y dignidad era bueno.
Hoy eso te convierte en sospechoso.
En oposición.
En enemigo del Estado.
En parte de un complot imaginario donde cualquier ciudadano normal que exige vivir sin miedo es etiquetado como amenaza nacional.
La discusión no debería estar en quién convoca la marcha ni en de qué color vota, sino en por qué la gente siente la necesidad de salir a las calles.
Y la respuesta es tan simple que duele:
Porque algo está mal, muy mal, cuando el Estado presume fuerza contra civiles desarmados, pero exhibe torpeza y parálisis frente al crimen real.
Dicen que antes también pasaba.
Dicen que no es nuevo.
Sí, es cierto.
Pero antes no prometieron ser diferentes.
No aseguraron tener la fórmula, la ética, la fuerza moral, la ruta infalible.
No basaron toda su campaña en un “nosotros sí sabemos cómo”.
El problema no es que antes fuera igual:
El problema es que dijeron que sería distinto… y no lo fue.
En un país donde la seguridad es lotería, la justicia es mito y el poder se victimiza cuando lo critican, la marcha del 15 no es un acto político:
Es un acto de supervivencia.
Un acto de dignidad.
Un recordatorio de que, aunque intenten etiquetar, dividir, ridiculizar o intimidar, todavía hay mexicanos que no se resignan.
Y eso —aunque les incomode allá arriba— es profundamente político.
Porque la política, en su esencia más pura, siempre ha sido esto:
La gente exigiendo lo que merece.