26/08/2026
“Entre cuotas, quejas y vecinos”
Los ruidos de un condominio: entre el Marqués de Sade y los oídos de cristal
En los condominios hay algo que tarde o temprano todos conocemos: la queja por el ruido.
Y después de muchos años administrando condominios, puedo decirles que he escuchado… bueno, mejor dicho, he intentado escuchar de todo.
Porque hay ruidos y hay ruidos.
El caso del “Marqués de Sade”
Hace algunos años tuvimos un caso bastante peculiar.
Por las noches, algunos vecinos comenzaron a quejarse porque escuchaban sonidos provenientes de un departamento: jadeos, gemidos, golpes, arrastre de muebles… y hasta lo que algunos describían como latigazos.
La administración tenía que intervenir.
Pero aquí aparecía el gran problema:
¿Cómo abordar un problema de ruido sin meterse en la intimidad de alguien?
Porque una cosa es decir:
—“Vecino, por favor baje el volumen de su televisión”.
Y otra muy diferente:
—“Vecino, nos informan que aparentemente sus actividades nocturnas tienen demasiado entusiasmo”.
😂
Fue una situación bastante complicada. Había que atender la queja, pero también respetar la privacidad de quienes vivían en el departamento.
Después llegaron… “Los oídos de cristal”
Pero si creen que ese fue nuestro caso más complicado, todavía falta uno.
Tuvimos un condómino que se quejaba constantemente de un ruido.
Un ruido que nadie más escuchaba.
Fuimos una vez.
Nada.
Fuimos otra vez.
Nada.
Y otra.
Nada.
Hasta llegar aproximadamente a 14 visitas.
Pero no crean que íbamos a las seis de la tarde, cuando todavía había movimiento en el edificio.
No.
Íbamos a las 12 de la noche, 1 de la mañana, 2 de la mañana…
Cuatro personas diferentes estuvimos presentes en diferentes ocasiones tratando de identificar aquel misterioso sonido.
Incluso conseguimos un decibelímetro para tratar de medirlo.
Y el resultado fue siempre el mismo:
No escuchábamos nada.
El aparato no registraba nada.
Pero el ruido seguía existiendo… para nuestro condómino.
Finalmente, tomó una decisión: colocar una barrera acústica que cubriera prácticamente todas las paredes de su recámara.
El ruido jamás pudimos localizarlo.
Jamás pudimos escucharlo.
Y hasta el día de hoy, para nosotros, sigue siendo…
el ruido fantasma del condominio. 👻
Y están los ruidos de todos los días
Porque también están los clásicos:
Los niños corriendo en el departamento de arriba.
El famoso arrastre de muebles.
La silla que parece pesar 300 kilos cuando alguien la mueve.
El taconeo de la vecina que sale temprano a trabajar.
El perro que decidió que las 6:00 de la mañana es el momento perfecto para iniciar su jornada.
Y, por supuesto, las fiestas.
Y aquí llegamos a otro caso memorable.
El vecino frente al salón de eventos
Un condómino se quejaba constantemente del ruido que producían las fiestas del salón de eventos.
Las quejas eran frecuentes y bastante intensas.
Así que comenzamos a investigar.
Y descubrimos algo interesante:
Cuando compró su departamento, sabía perfectamente que enfrente estaba el salón de eventos.
Incluso, según la información que recibimos, había negociado un descuento precisamente por esa situación.
Pero una vez viviendo ahí…
¡el salón se convirtió en su peor enemigo!
Entonces comenzaron las propuestas:
Que había que poner plafones.
Que había que cambiar niveles.
Que había que forrar con corcho.
Que había que colocar vidrios dobles.
Que había que modificar esto.
Que había que modificar aquello.
En pocas palabras:
El salón tenía que convertirse prácticamente en un búnker acústico.
😂
Y aquí es donde, después de tantos años de administrar condominios, uno aprende algo muy importante:
No siempre se trata de quién tiene la razón.
Se trata de cómo convivimos.
Un condominio no es una casa aislada.
Vivimos pared con pared, piso con piso y, muchas veces, recámara con recámara.
Hay ruidos inevitables.
Hay otros que sí podemos reducir.
Y también hay ocasiones en las que tenemos que entender que lo que para nosotros es un ruido insoportable, para nuestro vecino puede ser simplemente parte de la vida cotidiana.
Pero también debemos ser responsables.
Si tenemos una fiesta, bajemos el volumen.
Si movemos muebles, hagámoslo con cuidado.
Si nuestros hijos corren constantemente, enseñémosles que debajo hay alguien más.
Si usamos tacones, pensemos en el vecino que quizá está intentando dormir.
Y si nuestro vecino se queja, antes de contestar:
“¡Pues es mi departamento y hago lo que quiero!”
tal vez podamos preguntarnos:
“¿Qué puedo hacer para molestarlo lo menos posible?”
Porque administrar un condominio no consiste solamente en cobrar cuotas, contratar proveedores o reparar instalaciones.
También consiste en administrar la convivencia.
Y para eso hace falta algo que ningún reglamento puede imponer completamente:
sentido común, tolerancia y empatía.
Al final, todos tenemos derecho a disfrutar nuestro hogar.
Pero nuestros vecinos también tienen derecho a disfrutar el suyo.
Porque vivir en comunidad no significa vivir sin ruido.
Significa aprender a no convertir nuestro ruido en el problema de los demás.
Y créanme…
Después de 14 visitas a las 12 de la noche buscando un ruido que nadie escuchaba, uno aprende que en los condominios…
hay ruidos que se pueden medir, ruidos que se pueden corregir y otros que solamente se pueden administrar. 😄