14/12/2021
en los campos de concentración n***s fueron aquellos que se aferraron a la esperanza de volver a ver a un ser querido (un hijo o una esposa), a una misión que debían cumplir o a una tarea que sólo ellos podían realizar (en el caso de Frankl, terminar un manuscrito que los guardias le destruyeron el primer día que entro allí). «El prisionero que perdía la fe en el futuro estaba condenado» y se convertía en un musulmán (según la terminología de los internos), es decir, en un mu**to viviente al que sólo le quedaban unos pocos días de vida.
La clave de la supervivencia consistía en asumir el sufrimiento del campo como un reto a superar y encontrarle un sentido: «Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar ese sufrimiento, porque ese sufrimiento se convierte en su única y peculiar tarea. Es más, ese sufrimiento le otorga el carácter de persona única e irrepetible en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento, ni sufrir en su lugar». Para Frankl, lo que de verdad distingue al hombre de otros seres no es la voluntad de placer, como pensaba Freud, o la voluntad de poder, como pretendían Adler o Nietzsche, sino la voluntad de sentido, es decir, la lucha por encontrarle un sentido a la vida, que es la primera fuerza motivadora del ser humano. «Nada en el mundo ayuda a sobrevivir, aun en las peores condiciones, como la conciencia de que la vida tiene un sentido».
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