27/09/2026
En Cancún, México, hubo un restaurante donde los turistas podían llegar a comer y terminar fotografiándose junto a un tigre. Su dueño, José Juárez Gil, se hizo conocido como “Pepe Tigre” y para principios de los años 2000 ya era un personaje ligado a los grandes felinos. Según cuenta, en ocasiones mantenía a los animales en el restaurante y en otras los llevaba a un terreno en Bonfil, en las afueras de la ciudad, donde también los alojaba. Aquel lugar formaba parte de su vida con los tigres y, años después, quedaría en el centro de una disputa que todavía sigue contando.
El restaurante terminó cerrando, pero su historia con los animales continuó entre conflictos y reclamos. Hoy Pepe denuncia que fue despojado de terrenos y que le impiden entrar a una propiedad donde asegura que todavía hay felinos; sostiene que quiere llevarles comida y teme que no estén siendo alimentados.
Para él, detrás de esta disputa hay intereses políticos y económicos sobre las tierras. Su desconfianza también viene de lo ocurrido con Satán, un tigre que falleció después de ser decomisado durante un operativo y cuya pérdida atribuyó a un supuesto exceso de anestesia.
Mientras reclama por aquellos animales, Pepe todavía mantiene un jaguar en las instalaciones de su antiguo restaurante, donde recibió a creadores de contenido locales que difundieron su historia. Precisamente ese jaguar fue el que intentaron revisar inspectores y veterinarios, pero, según reportes locales, Pepe negó el acceso argumentando que estaba bien cuidado.
Sus defensores ven a un hombre que merece volver a ver a los animales que considera sus hijos; sus críticos señalan que aquellos felinos también fueron exhibidos para entretener turistas y lucrar con ellos.
¿Quién tiene la razón? ¿El cariño y los años de cuidado justifican esa forma de mantenerlos? ¿Y quién responde por los animales que Pepe asegura que quedaron en el terreno al que no puede entrar?