05/08/2026
Hoy me levanté muy temprano a conversar con mi Padre y mi amigo “Dios”. Pensaba en el bambú, en cómo pasa años echando raíces profundas, fuertes e invisibles antes de mostrar su primer brote, para luego crecer con firmeza. En mi oración le decía: "Padre, quiero los frutos de tu liderazgo. Quiero que las pocas personas que has puesto en mi camino lleguen muy alto, tan lejos como flechas lanzadas desde tu arco."
Con esa visión llegué a nuestra reunión de equipo. Al finalizar la capacitación, quise abrir un espacio genuino de escucha. Les pedí que se explayaran con total libertad, que me dijeran todo: lo positivo, lo negativo y lo que debíamos mejorar. Uno a uno comenzaron a expresarse.
Sin embargo, en el camino ocurrió lo inevitable: interrumpí una conversación porque no estaba de acuerdo con un punto de vista, y a otra colaboradora le tuve que aclarar que "no quise decir eso". Aunque al final valoré la participación de todos, al terminar me fui a tomar un vaso de agua y la realidad me golpeó con fuerza.
Me di cuenta de que no les había dado el espacio que yo misma le había pedido a mi Padre horas antes. Frente a ese vaso de agua entendí el mensaje claro: "Sheyla, necesitas escucha activa, y tener la humildad de ponerte atrás para que ellos se eleven."
Qué bendición es amar la corrección de nuestro Padre. Él escucha nuestras oraciones y nos enseña de manera provechosa, recordándonos que para que nuestro equipo vuele alto, nosotros debemos aprender a soltar la cuerda con humildad.
Esto me recordó de inmediato la historia de Moisés en el libro de Éxodo. Moisés intentaba liderar y resolver absolutamente todo por sí solo, juzgando al pueblo desde la mañana hasta la noche. Su suegro Jetro lo observó y le dio un consejo contundente: "No está bien lo que haces, te vas a agotar tú y agotarás al pueblo."
Moisés tuvo la humildad de escuchar el consejo y la corrección, dar un paso atrás y delegar en otros para que el equipo creciera.
Hoy me quedo con esa lección de vida: el verdadero líder no es el que habla más fuerte ni el que tiene la última palabra, sino el que echa raíces profundas en silencio para convertirse en el soporte desde donde otros vuelan alto.