05/22/2020
1.-Los economistas hemos recibido una enseñanza de la economía que nos lleva a no poder relacionar ni comprender adecuadamente las cuestiones que tratamos de estudiar. Hemos aprendido (más bien hemos sido adoctrinados en) una idea de la “naturaleza humana”, en el sentido de que “somos egoístas por naturaleza”, que conduce “naturalmente” a una idea de racionalidad económica y del hombre centrada en la maximización de los beneficios. En otras palabras, considera al hombre como si sólo fuera un agente racional, entendiendo por racional el que sigue un comportamiento maximizador sin sentimientos ni valores morales que, además, ignora las relaciones con el medio ambiente y se olvida de que dependemos de él. De hecho el medio ambiente desaparece de nuestras estructuras mentales y emocionales gracias al aprendizaje recibido pues aprendemos a no ver lo que tenemos delante ni aquello que es vital para poder vivir como seres humanos. Hemos perdido la conciencia de nuestra dependencia de la naturaleza y de que somos naturaleza, en definitiva, hemos perdido (nos han enseñado a perder) la conciencia de nosotros mismos y no nos hemos enterado.
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“Todos los tramperos disimulan sus trampas (…) Entre los humanos, las trampas se camuflan presentándolas como leyes de la naturaleza. Como por ejemplo la afirmación de que , y lo es desde los genes hasta la moral. Una teoría económica ha convertido esta tesis, con el apoyo de las modernas máquinas de cómputo, en una nueva ley natural” (Schirrmacher 2014: 9-10).
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Por otro lado se separa lo público de lo privado y lo individual de lo colectivo, como si esta separación fuese real y beneficiosa, mientras que el mercado libre se presenta como si fuera algo opuesto a la aplicación de reglas, es decir, como si la libertad fuera ajena a las reglas, que se suelen calificar de “intervención no deseable” excepto cuando esas reglas benefician al capital, es decir, a los poderosos.
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Para dar ‘legitimidad’ a este tipo de enseñanzas se nombra como responsable de este tipo de pensamiento a autores como Adam Smith, al que los estudiantes apenas leen (y los profesores tampoco), pues “todo lo que hay que aprender está en los Manuales” que transforman la economía en una serie de ejercicios cuyo dominio permite aprobar los cursos a la vez que hace creer que se está aprendiendo realmente economía. Se confunde aprobar y repetir “ideas” con aprender a pensar por cuenta propia.
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Mi intención es mostrar, de manera resumida, que en los textos de autores como Smith y Marx hay, fundamentalmente, una llamada muy clara a que la economía sea protagonizada por seres humanos, es decir, a la humanización de la economía, a que esté al servicio del hombre (y de la comunidad), entendiendo al hombre como un ser que siente y cuyo objetivo no es, principalmente, la mejora material sino su crecimiento humano, su vinculación con él mismo, con los demás y con la naturaleza.
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Necesitamos poner en práctica lo que sugería Mishan hace más de sesenta años al señalar que “Las propuestas detalladas resultan secundarias con respecto a lo que yo juzgo que debe ser la principal tarea: convencer a la gente de la necesidad de un cambio radical en la manera habitual de observar los acontecimientos económicos” (Mishan 1971: 11). Se trata de trabajar hacia el objetivo de la integración frente a la situación actual de completa disociación, como muestra el Cuadro 1, para evitar que “pensar como un economista vaya en contra de la comunidad”, como reza el subtítulo del libro de Marglin, The dismal science (2008). El futuro de la economía integrada y no disociada, al servicio de las personas consiste en que pensar como un economista vaya a favor de los seres humanos y de la comunidad, lo contrario es lo que estamos viviendo actualmente, basado en la violencia, y sólo nos lleva a más violencia y más sufrimiento en la mayoría de los países y para la mayoría de las personas
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Las advertencias para salirnos de esta economía disociada que ignora y empobrece al ser humano, tanto desde el punto de vista intelectual como psíquico, además de empobrecer materialmente a la mayoría, no son nuevas pero han sido sistemáticamente ignoradas y, cuando esto no era posible, se descalificaban. Quizás sea Morin uno de los autores que de manera más clara ha expresado el problema de la disociación. “La economía, la ciencia social más avanzada matemáticamente, es la más retrasada social y humanamente, pues se abstrae de las condiciones sociales, históricas, políticas, psicológicas y ecológicas que son inseparables de las actividades económicas…La inteligencia parcelada destruye en embrión toda posibilidad de comprensión y reflexión. Incapaz de enfocar el contexto y el complejo planetario, la inteligencia ciega se vuelve inconsciente e irresponsable. Se ha vuelto mortífera”. (Morin 1993: 67). De ahí la hipotética y disparatada pretensión de esta economía disociada de creer que ofrece una “racionalidad universal”.
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Sin embargo, desde dentro de la economía las críticas son muy importantes también. Para no repetirme, remito al lector a Aguilera (2010 y 2013). La idea de deshumanización no abarca sólo el contenido de lo que se estudia sino también la influencia en la actitud psicológica de los estudiantes que acaban por “jugar” a creer que han aprendido. En este sentido, las pinceladas psicológicas sobre los estudiantes, fruto de su propia observación, son muy relevantes pues todo estudiante necesita creer que el esfuerzo dedicado a estudiar-aprender-aprobar unas materias y unas lógicas tiene que servir para algo, aunque sólo sea para salir de la universidad y/o convertirse en profesor sin preguntarse qué significan esas lógicas y así perpetuar el sistema de desviar la atención. Pero las quejas siguen siendo importantes y desatendidas, tal y como ocurre con la reflexión más reciente de Morin (2001) sobre la necesidad de aplicar el “diezmo epistemológico” en la Universidad, es decir, de dedicar el 10 por 100 del presupuesto a preguntarse ¿Qué estamos haciendo en la Universidad?
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Galbraith, en lo que algunos consideran como su “testamento económico”, retoma y amplía algunas de las ideas sobre las que ya había escrito anteriormente para presentar un diagnóstico lúcido y contundente sobre la economía que se enseña y sobre cómo se nos enseña a todos a no ver que la economía es un ‘fraude’, inocente, en el sentido de que “…quienes participan en él no lo reconocen explícitamente como tal (…) Una parte de este fraude es consecuencia de la economía tradicional y la manera en que ésta se enseña, otra tiene su origen en concepciones rituales de la vida económica. Estas últimas pueden apoyar con claridad intereses individuales y colectivos y, en particular, como cabría esperar, los de los miembros más afortunados, mejor relacionados y políticamente destacados de la comunidad, y pueden adquirir la respetabilidad y la autoridad del conocimiento cotidiano. De esta forma, determinado punto de vista sobre la vida económica no aparece como creación de un individuo o de un grupo en particular sino como algo natural e incluso justo.” (Galbraith 2004: 13-14), pero sigue siendo un fraude.
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Hablar de sistema de mercado en lugar de capitalismo “…carece de sentido; es una fórmula errónea, insípida, complaciente (…) Hoy se cree que las empresas y los capitalistas particulares carecen de poder; y el hecho de que el mercado esté sujeto a una dirección corporativa hábil y completa ni siquiera se menciona en la mayor parte de los cursos de economía. En esto reside el fraude.” (Ibid: 24-25). (La negrita es mía). Hay muchos más fraudes que Galbraith va desgranando capítulo tras capítulo y que se siguen enseñando como algo científico.
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Estas críticas son sistemáticamente ignoradas y se sigue manteniendo, en esencia, el mismo núcleo teórico de la enseñanza de la licenciatura y de posgrado. Este comportamiento, consistente en negar la evidencia empírica manteniendo sin cambiar la misma teoría, ha sido considerado como un comportamiento delirante, “…los “economistas” han producido un discurso propio que “explica” lo que sucede en unos términos idiosincrásicos y tiene la característica peculiar de no modificarse aunque sus predicciones no se cumplan o los hechos parezcan desmentirlo. Los profesionales de la salud mental trabajamos con personas que mantienen discursos con características semejantes”, (Fernández Liria 2013: 140), y es importante no perder de vista que ese comportamiento se enseña como actitud y como lógica habitual en las Facultades de economía de todo el mundo, es decir, es legitimado como si fuera algo científico por la propia Universidad.
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Leontief (1982) hace un diagnóstico que muestra muy acertadamente tres de los principales problemas que sigue manteniendo la economía académica y que son a) Su aislamiento de las demás disciplinas, su separación, podemos decir, b) Su insistencia en la obediencia o en la sumisión como método y c) Su irrelevancia. La combinación del aislamiento, la sumisión y la irrelevancia es totalmente empobrecedora para el estudiante, tanto desde el punto de vista intelectual como desde el punto de vista psíquico, pues lo enajena de la realidad y de sí mismo, es decir, lo deshumaniza. La realidad es que esa obediencia, ese aislamiento y ese comportamiento delirante han ido llevando a la economía académica a enajenarse cada vez más, es decir, a separarse o disociarse del ser humano, de la ética, de los sentimientos y de los valores, de la naturaleza, del mercado como construcción humana sometida a reglas, del poder, del “nosotros” como si nuestro estilo de vida fuera independiente del estilo de vida de otras personas y países (“ellos”) y, en definitiva, del objeto que, supuestamente, pretende estudiar y comprender. “La memoria del norte se divorcia de la memoria del sur. La acumulación se desvincula del vaciamiento. La opulencia no tiene nada que ver con el despojo. La memoria rota nos hace creer que la riqueza es inocente de la pobreza, que vienen de la eternidad y que así son las cosas” (Galeano 1998: 35).
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Es lo que Erich Fromm (1994) califica como la “patología de la normalidad”, en el sentido de que nos acostumbramos a ver y convivir con una realidad enferma, patológica y, además, la justificamos y nos adaptamos a ella pero, al mismo tiempo, estamos esencialmente disociados de ella pues no “vemos” con claridad qué es lo que está ocurriendo, como muy bien expresa Galeano, e incluso negamos que nosotros nos comportemos de manera deshumanizada. La razón, o al menos una de ellas, consiste en que es el propio capitalismo el que necesita un tipo determinado de ‘hombre enajenado’ para poder funcionar pero esa misma enajenación nos impide vernos a nosotros como seres enajenados. El Roto tiene un dibujo en el que una madre, con un hijo pequeño sentado en su regazo, miran hacia el horizonte mientras ella le dice “Para comprender a los adultos tendrás que esperar a hacerte mayor y perder el juicio”. Y eso es exactamente lo que parece ocurrir. Quiero decir que con frecuencia criticamos al capitalismo y a otros “ismos” pero dejando de lado que todo sistema necesita de personas que actúen y se comporten de determinada manera para funcionar y que somos las personas las que, consciente o inconscientemente, lo hacemos funcionar, por miedo, por convencimiento, por adoctrinamiento o porque no sabemos hacer otra cosa. Esto es lo que Kapp (1968) entiende por “hábitos de pensamiento institucionalizados”, pero lamentablemente, para la mayoría de los institucionalistas, las instituciones a las que prestan habitualmente atención, siguen siendo las reglas de juego y el poder pero no las instituciones consideradas, también, como hábitos de pensamiento y de comportamiento que son las que nos pueden permitir o impedir (adoctrinamiento) hacernos las preguntas relevantes y empezar a pensar con claridad y libertad. “Ningún hombre mira jamás el mundo con ojos prístinos. Lo ve a través de un definido equipo de costumbres e instituciones y modo de pensar (…) La historia de la vida del individuo es ante todo y sobre todo una acomodación a las normas y pautas tradicionalmente transmitidas por la comunidad (…) La uniformidad de la costumbre, de la perspectiva que ve extenderse a su alrededor, le parece bastante convincente, y en verdad esconde ante él un accidente histórico. Acepta sin mayor dificultad la equivalencia entre la naturaleza humana y sus propias modalidades culturales” (Benedict 1967: 9-18).
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Dentro de este adoctrinamiento, destaca el egoísmo entendido como algo consustancial a la naturaleza humana y repetido hasta la saciedad mediante el aforismo según el cual “el hombre es lobo para el hombre”, algo que es falso puesto que el lobo es el animal más cooperativo, la idea se sigue repitiendo como si fuera verdad, nos la creemos y la hacemos nuestra aunque nuestro comportamiento habitual no sea así. “Este proverbio romano resume la visión asocial que continúa inspirando al derecho, a la economía y a las ciencias políticas…Ser egoísta es inevitable y necesario, pero sólo hasta cierto punto… somos el producto de fuerzas opuestas, como la doble necesidad de velar por los intereses opuestos y la de congeniar”. (De Waal 2007: 234). El resultado de esta visión asocial, que se enseña como si fuera científica y acorde con la naturaleza humana y que se legitima en las universidades es el disparate más absoluto. Además, resulta que la realidad nos demuestra lo contrario, a saber, que “Los Homo sapiens están adaptados para actuar y pensar cooperativamente. A partir del primer año de vida los niños ya muestran inclinación por cooperar, no aprenden esa actitud de los adultos: es algo que les nace”. (Tomasello 2010: 24).
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¿Por qué no continuamos con esa inclinación innata? Porque la educación que recibimos nos la ‘desactiva’, consciente o inconscientemente, adoctrinándonos con esquemas de competencia o de lucha. Esto es lo que sugiere Damasio “…los seres humanos poseen mecanismos innatos…que son la base probable de algunas estructuras éticas. Sin embargo, las convenciones sociales y las estructuras éticas más complicadas por las que vivimos han de haber surgido culturalmente y haberse transmitido de la misma manera”. (Damasio 2006: 298). Y al haber sido “aprendidas” parecen tener más legitimidad que las estructuras innatas a pesar de que sintamos que no somos como nos hacen creer que somos. Nos enajenan de nosotros mismos, nos alejan de nosotros y nos hacen desconfiar y dudar de nuestras percepciones genuínas.
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Y sin embargo, siguiendo a De Waal vemos que, “La condición natural de nuestro linaje es de vinculación y apoyo…Las explicaciones de los orígenes humanos que no tienen en cuenta esta profunda conexión y nos presentan como solitarios que se reunieron de mala gana ignoran la evolución primate (…) No siempre actuamos como los economistas piensan que deberíamos…porque somos menos egoístas y menos racionales de lo que los economistas suponen que somos. Los economistas están siendo adoctrinados en una maqueta de la naturaleza humana que dan por buena hasta tal punto que su propio comportamiento ha comenzado a parecerse a ella. Los mamíferos sociales, en cambio, conocen la confianza, la lealtad y la solidaridad (…) los chimpancés no dejan atrás al desafortunado. Además, tienen maneras de tratar a los aprovechados, como rehusar la cooperación con aquellos que no cooperan. La reciprocidad les permite construir la clase de sistema de apoyo social que muchos economistas ven como una quimera (…) Estamos tan atados a una psicología humana conformada por millones de años de vida en comunidades pequeñas, que de algún modo necesitamos estructurar el mundo que nos rodea de una manera reconocible para dicha psicología. Si pudiéramos conseguir ver a la gente de otros continentes como parte de nosotros e integrarla en nuestro círculo de reciprocidad y empatía, estaríamos construyendo sobre nuestra naturaleza y no yendo contra ella” (DeWaal 2007: 233-247). (La negrita es mía). Algo en lo que coincide con lo planteado por Galeano más arriba.
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El problema es que las Facultades de economía insisten en enseñar una perspectiva más centrada en el juego que dan de sí las matemáticas que en comprender la economía real. “Me aventuré en ir más allá de las matemáticas y pregunté a mis estudiantes cuestiones cuyo objetivo era expresar cómo iban ellos absorbiendo la economía que subyacía en las matemáticas…Me dí cuenta de que para esos estudiantes la economía era sólo parte del juego de los estudios de licenciatura: aquellos que lo jugaban bien se aseguraban trabajo y sustento mientras que los que lo jugaban mal se dedicarían a ser taxistas. Hacerlo bien significa dominar el formalismo matemático no necesariamente comprender la economía” (Marglin 2008: xiii). En esa situación seguimos, con algunas voces críticas, pero sin llegar a expresar con claridad, por parte de los economistas, que “