11/16/2025
El legado de la rosa: modelos y preceptos de sociabilidad medieval ( I )
Ni oscura ni luminosa, ni desmedida ni delicada, ¿es la Edad Media algo más que un fantasma o un sueño? La idea de una “larga Edad Media” (Le Goff, 1977), que se extiende desde el Bajo Imperio Romano hasta la revolución industrial, ya había puesto en tela de juicio la “periodización” histórica tradicional. J. Heers acaba de demostrar que la invención del término y la identificación de su referente son el resultado de una impostura, procedimiento deliberado de falsificación y de explotación polémica (Heers, 1992). Esta relativa falta de adecuación del concepto, flagrante en lo que concierne a las mentalidades, es también válida, desde un punto de vista más específico, para un estudio referido a los tratados didácticos destinados a la producción de un código de “buenos usos” en el ámbito de las costumbres. Las continuidades se imponen sobre las rupturas y queda claro que la célebre Civilidad pueril de Erasmo no indica ninguna auténtica solución de continuidad con la tradición medieval. Aunque son objeto de retoques y ajustes continuos, los conceptos elaborados entre los siglos XII y XV todavía sirven, de una manera global, como referencias mucho más allá de estos límites temporales. Por el contrario, el periodo examinado carece de una coherencia ideológica real. La Edad Media evocada en las páginas siguientes constituye pues un marco cronológico cómodo pero en cierta medida arbitrario. La referencia a la Rosa tiene valor de emblema. Señala la importancia, en el centro del periodo considerado, del doble roman del mismo nombre, que ha suscitado tantos debates y disputas y que, sin reducirse naturalmente a una guía para la seducción y el éxito, nada ignora de esta temática; por el contrario, la dramatiza y transfigura.
Con la segunda edad feudal y los progresos en la vida de relación que esta implica (Bloch, 1939), se especifican y afinan reglas de conducta para el medio nobiliario, pero que impregnan de manera progresiva otras categorías sociales y tienden a presentarse como referencias absolutas. La civilidad medieval encuentra su expresión más acabada en el ideal de “cortesía”, modelo de comportamiento que se desarrolla, como indica la etimología de la palabra, en las cortes feudales a partir de fines del siglo XI. Este término genérico reúne nociones múltiples y se aplica a diferentes niveles, asociando principios morales con simples consignas prácticas de comportamiento. De una manera general, la cortesía implica, sin embargo, atención y disponibilidad para con el otro; garantiza, en el interior del medio restringido al que concierne, una vida social armoniosa y equilibrada; más concretamente, valoriza una vestimenta elegante (indecente y afeminada, gritarán cronistas y predicadores de la época [Platelle, 1975]) que suscita en el siglo XII la aparición de auténticos fenómenos de moda indumentaria; preconiza, paralelamente, una vida mundana brillante, sensible al placer de la conversación, es decir, al jugueteo ingenioso y agradable. “De este día, hablaremos más tarde, usted y yo, en las habitaciones de las damas” (XLIX, 242) habría declarado a Joinville el conde de Soisson en oportunidad de la catastrófica batalla de Mansourah (1250) (Wailly, ed., 1883). La cortesía impregna también la relación amorosa. El adjetivo “cortés” asociado, de manera discutible, con el nombre “amor” por Gaston Paris, quien parece ser el artífice de una fórmula destinada a un gran porvenir, designa una concepción del amor ideal (fine amor) que tiene su auge en la producción literaria de los siglos XII y XIII.
Estos modelos de comportamiento se difundieron en gran medida por medio de la literatura. El roman, llamado precisamente “cortés”, tiene un papel predominante en este ámbito. Sin embargo, obras con vocación didáctica más deliberada, auténticos tratados de civilidad, acompañan y a veces precisan o corrigen tal florecimiento del roman. Estas son las obras que se examinarán aquí prioritariamente. De todos modos, queda claro, como lo probarán las páginas siguientes, que ninguna frontera hermética divide los dos tipos de obras. Detalles de carácter prescriptivo, de amplitud variable, se incluyen con frecuencia en los romans. De modo inverso, un pasaje de roman puede separarse del marco narrativo que lo motiva y adquirir una existencia autónoma bajo la forma de un tratado.
Las fuentes
Aun cuando en el siglo XII la preocupación por un comportamiento tan acorde a las conveniencias como sea posible (prueba de ser bien educado y saber mantener el lugar) parezca alcanzar una importancia mayor, evidentemente no se trata de una peculiaridad de la Edad Media. Los manuales de savoir-vivre del Medioevo se inscriben en una triple tradición. Prolongan, precisándola, una literatura moral legada de la antigüedad, que coincide además en ciertos puntos con las enseñanzas de los Padres de la Iglesia. La inspiración de estos manuales concuerda también, en cierto modo, con la que sustentan las reglas monásticas. J. W. Nicholls ha llamado muy justamente la atención sobre este parentesco con frecuencia olvidado, pero sin embargo flagrante, y hace constar que “los monasterios contribuyeron a la elaboración y difusión de un estilo de comportamiento que forma parte del concepto más amplio de cortesía” (Nicholls, 1985, véase también Esposito, 1982).Por último, los manuales de cortesía reciben la influencia de una tradición ovidiana muy popular en la Edad Media. El Arte de amar deja su impronta en numerosos tratados y sus fórmulas, más o menos adaptadas al nuevo marco social, constituyen siempre la base de toda estrategia de seducción.
La autoridad de Cicerón, como la de Séneca, se invoca con frecuencia en los manuales de savoir-vivre que atribuyen a estos autores, a veces de manera fantasiosa, numerosas sentencias morales. Por otra parte, Guillaume de Conches (1080-1145), probable autor de Moralium dogma philosophorum, se pone bajo el patrocinio conjunto y sobre todo emblemático de estos dos filósofos que se le aparecen en sueños y lo inspiran. La producción literaria de estos autores se conoce de manera irregular. En el caso de Cicerón, aparentemente las obras más difundidas fueron, además de Rhetorica ad Herennium, cuya paternidad jamás se puso en duda, Somnium Scipionis, De officiis y De amicitia de las que provienen muchos análisis de la amistad y el amor. También es verosímil que hayan circulado, en cierto número de casos, florilegios de citas como el que, alguna vez auténtico, da nacimiento a la versión francesa de Enseignements o Proverbes de Sénèque (fines del siglo VIII) (Ruhe, ed., 1969, y Oswald, ed., 1969-1970). Pero al margen de los textos clásicos, aunque frecuentemente confundidas con ellos en la práctica, dos obras de época tardía ejercieron una influencia decisiva. La primera se conoce con el título de Disticha Catonis (Boas y Botschuyver, eds., 1952). Se trata de un libro de sentencias de inspiración estoica redactado en el transcurso del siglo III y atribuido, en el siglo siguiente, a cierto Dionysius Cato, que parece haber sido confundido luego con Catón el Antiguo (234-149). Con el paso del tiempo, el texto se enriqueció con varios agregados y comentarios. La forma definitiva con la que se conoció en la Edad Media es la que le dio Rémi d’Auxerre1 (hacia 841-908) en su Expositio super Catonem. Muy utilizado en las escuelas, este texto fue objeto de una difusión considerable y se tradujo muchas veces al francés entre los siglos XII y XV. También se cuenta, como mínimo, con tres traducciones anglonormandas del siglo XII (versión anónima, Everard Le Moine, Elie de Wi******er [Stengel, ed., 1886]); otras tres, en francés continental, del siglo XII (Adam de Suel, Jean du Chastelet o de Paris, traducción anónima en prosa) y una, de fines del siglo XV (Chatonnet en françois de Jean Le Fevre [Ulrich, ed., 1903]). La popularidad de los Distiques queda demostrada además porque durante toda la Edad Media trozos enteros de la obra se incorporaron a otros tratados como Enseignements Trebor de Robert de Ho (siglo XIII) (Young, ed., 1901) o a ciertas versiones amplificadas de Diz et proverbes des sages (siglos XIII-XIV) (Morawski, ed., 1924).Todavía en pleno siglo XV, Jean Duchesne decide “por una ocurrencia recreativa” incorporarlo a su traducción de los Commentaires de César (GRLMA, VIII, 1, p. 244). El texto pertenece al paisaje mental de toda la época: queriendo disuadir al rey Marc de ir solo al bosque de Morrois, sus consejeros le hacen observar que “Catón recomienda a su hijo evitar los lugares apartados” (Béroul, vv. 1939-1940), referencia fantasiosa pero que aporta a este consejo banal la garantía de una “autoridad”. Las reglas de conducta propuestas con cierto desorden y no sin repeticiones atañen a la moral práctica: amar y honrar a los padres, ser sobrio, íntegro, amable, discreto, poco locuaz, servicial, educar bien a los hijos y enseñarles un oficio, no entregarse a la pereza, la adulación, la avaricia o la lujuria. Más allá de las recomendaciones concretas, el objetivo último consiste en trazar el camino que permite acceder a la sabiduría. Si bien los Distiques no constituyen en sí un manual de savoir-vivre, fueron percibidos como su indispensable basamento. Así, un tratado de civilidad latino (Facetus), redactado en la segunda mitad del siglo XII, pretende completar esta colección proponiendo, según la fórmula del traductor medieval, “varias enseñanzas que Catón dejó de lado”, es decir, consejos prácticos de comportamiento social. En el siglo IV Martín, obispo de Braga, compuso la Formula honestae vitae o De quattuor virtutibus, generalmente atribuido a Séneca (Barlow, ed., 1950). Pese a que esta obra se encuentra mucho más anclada que la de su predecesor en el campo de la literatura moral, su difusión fue igualmente extensa (160 manuscritos inventariados). Además, fue objeto de numerosas adaptaciones en lenguas vernáculas: castellano, portugués, italiano y provenzal (Daude de Pradas, segundo tercio del siglo XIII) (Stickney, ed., 1879). Fue traducida varias veces al francés, primero en el siglo XIII (1202 octosílabos) (Irmer, ed., 1890), luego en 1403 por Jean Courtecuisse (Haselbach, ed., 1975). Casi en la misma época (principios del siglo XV), figura también en la traducción de las obras de Séneca realizada por Laurent de Premierfait. Como en el caso de los Disticha, su celebridad se mide además por la gran ocurrencia de citas que se hicieron de ella. Así, Brunetto Latini integró una versión francesa de la Formula en el libro II de su Tesoro; trozos enteros del tratado figuran en diversos libros de moral (Roman des moralitéz, Secret des secrets de Jofroi de Waterford y Servais Copale); también Christine de Pizan la utilizó mucho en los dos avatares de la misma obra, llamados sucesivamente Livre de la Prod’hommie de l’homme y Livre de Prudence (cf. Picherit, 1985).
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El legado de la rosa: modelos y preceptos de sociabilidad medieval*
Claude Roussel
* Título original: “Le legs de la Rose: modèles et préceptes de la sociabilité médiévale”, en Pour une histoire des traités de savoir-vivre en Europe. Clermont-Ferrand, Association des Publications de Clermont II, 1994, pp. 1-90. Traducido por Carmen Barral, Bárbara Poey y Nicolás Longobardi. Revisión de la traducción efectuada por Ana Basarte y María Dumas. Supervisión de la traducción de los fragmentos en francés antiguo realizada por la Dra. Lidia Amor. Artículo publicado con el debido permiso del autor y de la Association des Publications de Clermont II.
http://repositorio.filo.uba.ar/bitstream/handle/filodigital/4178/Nueve%20ensayos%20sobre%20el%20amor%20y%20la%20cortesi%CC%81a%20en%20la%20Edad%20Media_interactivo_0.pdf?sequence=1&isAllowed=y
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The fall of Phaeton Phaeton (Phaethon), unable to control the Helios tank, was struck by Zeus, and fell into the Eridan River. Painting by Claude Mignon (1535-1555) 16th century Rouen, Musee des Beaux Arts
Jean Mignon