31/08/2026
Hoy cobró
El día había amanecido claro y frío.
Por la ventana entraba una franja de sol que avanzaba lentamente sobre el piso de la cocina. Afuera, algún perro ladraba de vez en cuando y se escuchaba el ruido lejano de un ómnibus pasando por la calle.
Ella se levantó temprano.
No tenía apuro, pero tampoco podía darse el lujo de quedarse mucho tiempo en la cama.
Cobraba su jubilación ese día.
La mínima.
Bueno… un poco menos, porque tenía un préstamo que se llevaba una parte antes de que el dinero llegara a sus manos.
Se vistió despacio. Frente al espejo acomodó su pelo con los dedos. Los años habían dejado sus marcas, pero todavía conservaba esa coquetería sencilla de quien se mira y piensa que, mientras pueda, va a presentarse dignamente ante la vida.
Sus brazos le sobraban.
La fuerza, no tanto.
Pero todavía podía con las bolsas del almacén.
Y eso era lo importante.
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En el almacén caminaba entre las góndolas con la concentración de un cirujano.
No compraba. Elegía.
Miraba un aceite, después otro.
Comparaba precios.
Calculaba.
Volvía a mirar.
Los fideos eran importantes. El arroz también.
Pero donde no iba a ahorrar era en los condimentos.
Un poco de orégano, algo de pimentón, ajo, quizá una hoja de laurel.
Porque sabía algo que no figuraba en ningún libro de cocina:
cuando no hay carne, el sabor tiene que hacer el trabajo de la carne.
Salió con su bolsa.
Después vino el gas.
La luz.
El agua.
El celular.
Cada pago parecía arrancarle una pequeña parte del dinero que todavía quedaba.
Cuando terminó, abrió el monedero.
Lo miró.
Casi vacío.
Suspiró.
—Dios proveerá —dijo en voz baja.
Y guardó el monedero.
No era la primera vez.
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Al mediodía puso una olla sobre la hornalla.
El aceite comenzó a calentarse y enseguida llegó el olor del ajo.
Después la cebolla.
Ese sonido suave del sofrito, el chisporroteo de la comida comenzando a tomar vida.
Agregó tomate, pimentón, orégano.
La cocina se llenó de aroma.
Después los fideos.
No había carne.
Pero había color, perfume y paciencia.
Ella revolvía con una cuchara de madera y probaba el caldo con la punta de la cuchara.
—Le falta algo…
Agregó un poquito más de condimento.
Probó nuevamente.
Ahora sí.
Sonrió.
Habían quedado unos buenos fideos estofados.
De esos que, aunque no tengan carne, hacen que la casa huela a comida de verdad.
Sirvió una porción generosa en una vianda.
La tapó con cuidado.
Y salió.
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Cruzó hasta la casa de su nuera.
Cuando abrió la puerta, ya se escuchaban las voces de los nietos.
—¡Abuela!
Y entonces ocurrió esa pequeña transformación que le sucedía cada vez que los veía.
La mujer cansada desaparecía por un rato.
Aparecía la abuela.
La que pregunta si tienen hambre.
La que acomoda un plato.
La que dice:
—Coman antes de que se enfríe.
Y mientras los miraba comer, sintió esa satisfacción silenciosa que no se puede comprar con ninguna tarjeta.
Hoy sus nietos iban a comer rico.
Eso alcanzaba.
Por ese día.
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De regreso a su casa, entró en la cocina y se secó las manos en el viejo delantal.
Miró la olla vacía.
Después sonrió.
Y pensó:
Si los políticos supieran que mientras haya un abuelo cocinando, hay nietos comiendo…
Se quedó unos segundos pensando.
Después negó suavemente con la cabeza.
No iba a perder las esperanzas.
Todavía no.
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Preparó su propio plato.
Esta vez no tenía que repartirlo.
Se sentó sola frente a la mesa.
El v***r subía lentamente.
Afuera, el sol de la tarde entraba por la ventana y calentaba apenas sus manos.
Comió despacio.
Cuando terminó, apoyó la cuchara.
Entonces sintió el mareo.
Esperó unos segundos.
Ella conocía ese mareo.
No era la primera vez.
Su cuerpo sabía cosas que ella había aprendido a olvidar.
El estómago acostumbrado al té con leche.
A estirar la comida.
A mirar cuánto quedaba en la alacena y calcular cuántos días faltaban para volver a cobrar.
Cerró los ojos.
Y, sin querer, volvió muchos años atrás.
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Era una niña.
Los años eran difíciles.
La dictadura.
Los paros.
La escuela que algunas veces no abría.
Y cuando la escuela no abría, tampoco estaba el comedor.
Había días en que comía un poco de arroz y el estómago no lo soportaba.
Se descomponía.
Entonces aprendió, siendo demasiado pequeña, que el hambre también podía doler.
Después creció.
Trabajó durante treinta años.
Durante treinta años hubo comida.
Tal vez no abundancia, pero había.
Y aquel recuerdo quedó escondido en algún lugar de su cuerpo.
Hasta ahora.
Por eso piensa tanto en sus hijos.
Por eso piensa tanto en sus nietos.
Porque cuando los mira, también vuelve a ver a aquella niña.
La niña que alguna vez tuvo hambre.
La niña que aprendió demasiado temprano que una olla llena podía ser una forma de amor.
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Se levantó de la mesa.
Todavía se sentía un poco mareada.
Salió al patio y se sentó al sol.
Extendió los pies sobre las baldosas tibias.
Cerró los ojos.
Por un momento no pensó en la luz.
Ni en el gas.
Ni en el préstamo.
Ni en cuánto dinero quedaba en el monedero.
Pensó solamente en el olor de los fideos.
En sus nietos.
En sus pequeñas caras contentas alrededor de una mesa.
Y respiró profundo.
Hoy había cobrado.
Hoy había cocinado.
Hoy sus nietos habían comido.
Mañana sería otro cantar.
Mañana volvería a convertirse en maga.
Vendería aquello que pudiera vender.
Iría a la feria.
Buscaría ofertas.
Miraría qué podía conseguir.
Haría cuentas.
Inventaría.
Como tantas veces.
Porque hay mujeres que, cuando el dinero se termina, no se terminan con él.
Se vuelven magas.
Estiran una olla.
Transforman unos fideos en un estofado.
Un plato en una fiesta.
Una vianda en un gesto de amor.
Y una jubilación mínima…
en un día más.
Abrió los ojos.
El sol seguía allí.
Y por un instante, aquella niña que había sido pareció sentarse a su lado.
La mujer la miró en silencio.
Después sonrió.
—Vamos —le dijo.
Y volvió a entrar a la casa.
(Colaboración
Anónimo)