05/05/2026
Cuando era joven y dejé la carrera de arquitectura, sentí una mezcla de alivio y culpa. Miraba a mis hermanos, Carlos y Marcelo, recibiéndose de arquitectos, y a mi hermana Silvia con su título de escribana, y por momentos me sentía incompleta. Me pesaba el "deber ser".
Pero entonces aparecía él. Mi viejo. "El Barba".
Él no necesitaba títulos académicos para tener la sabiduría más grande del mundo. Se sentaba conmigo y, con esa mirada que lo veía todo, me decía: “Olga, no te arrepientas de no haber terminado. Vos sos mucho más que un cartón colgado en la pared. Todo lo que viviste te dio una universidad que no enseña ningún libro: la universidad de la vida”.
Tenía razón. Lo que no aprendí en las aulas, lo aprendí en la obra, ayudando a mis hermanos durante diez años, viendo cómo se levanta un sueño desde los cimientos. Lo aprendí en el liceo, enseñando matemáticas durante una década, entendiendo que los números tienen lógica, pero la gente tiene emociones.
Lo aprendí con mi cámara, cuando Galeano me bautizó "Cazadora de Soles" y me enseñó que la belleza está en el detalle, en la luz que entra por una ventana.
Y lo aprendí también atravesando un cáncer de mama, que me obligó a dejar de posponer mi felicidad y a entender que cada segundo cuenta.
¿Por qué hoy soy agente inmobiliaria?
Porque hoy entiendo que vender una propiedad no es solo intercambiar metros cuadrados por dinero. Es ayudar a alguien a encontrar su refugio, su hogar, su historia.
Hoy cuento con el respaldo técnico de mis hermanos y mi hermana, que son mis pilares y asesores de confianza en cada proceso. Pero la mirada, la empatía y la pasión por dejar mi granito de arena en mi Piriápolis, esas las traigo de fábrica. Las traigo de las lecciones de "El Barba".
Gracias, viejo, por enseñarme que no hace falta terminar una carrera para tener una vida completa.
Aquí estoy, construyendo mi propio camino y ayudando a otros a construir el suyo.
Hoy, cuando recorro las calles de Piriápolis buscando ese rincón especial para un cliente, me resuenan más que nunca aquellas palabras que Galeano me dejó grabadas: 'Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo'.
Yo elijo ser una de esas personas. Desde mi lugar pequeño, mi amada ciudad, y con acciones que parecen pequeñas , como escuchar un sueño o encontrar una ventana que mire al sol, intento transformar el mundo de quienes confían en mí.
Porque al final, no se trata de los títulos que acumulamos, sino de las huellas que dejamos en el camino de los demás."
Olga Rivero
AldaGroup